Publicada en Babelia / El País. Sábado, 16 de enero de 2013
domingo, 5 de enero de 2014
Reseña sobre "Fugitiva ciudad". Luis Bagué Quílez
En el XX, la ciudad fue escenario da las
distopías fabriles, la apoteosis capitalista y una convivencia ambigua. Desde
el laboratorio óptico de Poeta en Nueva York hasta la
construcción discursiva de una “ciudad del hombre” (Fonollosa), el espacio urbano ha registrado las mutaciones de la
vida social y del trasmundo psíquico. Fugitiva ciudad reclama un lugar destacado
en esa línea. Supone una valiosa aportación al tema de la ciudad como ámbito de
la educación sentimental y campo da batalla de las contiendas colectivas. Entre
el retablo humano y el pormenor biográfico, la sensación da intemperie se
proyecta sobre la iconografía de la periferia y el clima moral del desencanto.
El mal del siglo XXI expande sus síntomas a un remozado inventario de lugares
(poco) propicios al amor, al frustrado sueño de una aldea global o a las ruinas
quevedescas que se ocultan bajo el skyline
de la modernidad: “Ah de las calles solas, llenas / de amaneceres sucios”. De
este modo, la memoria privada se inserta en una crónica universal. El regreso a
la capital del dolor (‘Campos de trabajo. Las huellas’) o la continuidad de los
“tiempos infames” (‘Tarde de guerra en Irak’) dan testimonio de la dimensión
política de la identidad. Así lo
certifica ‘Formentor, medio siglo. 1959-2009’, escrito bajo la advocación de Gil de Biedma y el conmovedor réquiem
‘En la tumba de Gramsci’. En suma, el fláneur posmodemo de este libro
personifica los trasbordos de un corazón que “viaja en cercanías” y se
reconoce en el ADN de la condición urbana: "Soy / de una plaza cualquiera
de una ciudad sin nombre”.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Crítica a "Fugitiva ciudad", por Elena Felíu Arquiola
El último libro de poemas de Manuel
Rico, ganador del Premio Internacional de Poesía Miguel
Hernández-Comunidad Valenciana 2012, continúa la senda iniciada por este autor
en poemarios anteriores, aunque presenta también nuevas perspectivas que lo
dotan de singularidad respecto de obras previas. Entre los aspectos que los
lectores habituales de Manuel Rico
reconocerán en Fugitiva ciudad destacan, por ejemplo, el tono
reflexivo, el decir sosegado y la mirada serena. También encontrarán la
presencia reiterada de imágenes que se aproximan a lo simbólico: si los trenes,
vagones y estaciones, así como los momentos crepusculares, recorrían las
páginas de De viejas estaciones invernales, en el caso del libro que ahora nos ocupa es la ciudad la imagen
simbólica que se repite. Se trata de una ciudad compuesta de muchas simultáneamente
—menciones a Madrid, Barcelona, Viena, Roma o Frankfurt, entre otros enclaves
urbanos, surgen aquí y allá a lo largo del libro—, que podría representar no ya
una dimensión espacial sino, como suele ser habitual en la poesía de Manuel
Rico, una dimensión temporal: el tiempo pasado, la memoria individual y
colectiva, la historia personal y social. Y es precisamente la sabia
combinación de estas dos dimensiones —la íntima y la colectiva— lo que
singulariza este libro en relación con otros precedentes, en los que quizá la
mirada del poeta, sin olvidar nunca el entorno, se centraba sobre todo en la
realidad personal e interior, en la memoria de un solo individuo.
Fugitiva ciudad se estructura en cinco partes de extensión desigual, precedidas de un poema titulado «Casi un preludio»: «De los barrios inciertos» (17 poemas); «Días en ti con música de fondo» (11 poemas); «Más allá de las patrias» (17 poemas); «Formentor, medio siglo. 1959-2009» (3 poemas); «Donde agonizan los deseos» (5 poemas). Las secciones primera y tercera, las más extensas, combinan recuerdos individuales (la infancia, la adolescencia, la orfandad en la madurez, la pérdida de algunos amigos como Diego Jesús Jiménez, Dulce Chacón o Manuel Vázquez Montalbán, el encuentro con Juan Gelman) con acontecimientos históricos (la caída del muro de Berlín, la guerra de Irak) o sus vestigios (campos de trabajo en la Sierra de Madrid). Entre ellas, se extiende una segunda sección en la que la memoria ni es solo individual ni es plenamente colectiva, sino compartida con otra persona, la mujer amada. En la cuarta sección se recuerdan las Jornadas Poéticas de Formentor de 1959 y la celebración de su cincuentenario en 2009, mientras que la quinta está compuesta por cinco sonetos, el último de los cuales da algunas de las claves del poemario (así, el poema atestigua «[...] las edades / que cruzamos a ciegas o la exigua / señal de un tiempo roto»).
Varios son los mecanismos que dotan a Fugitiva ciudad de cohesión interna. Además de la ya mencionada combinación de lo íntimo y lo colectivo o del tono reflexivo, casi elegiaco, que impregna las distintas composiciones, cabría señalar la imagen del extrarradio como símbolo de los márgenes de la vida-ciudad («en los bloques que dan al descampado»; «crecen en las afueras / donde antaño lo hicieron vertederos y cardos»; «Era en la nebulosa de los barios inciertos / de todas las ciudades donde vivió la infancia»; «las marquesinas últimas de las paradas últimas / de aquellos autobuses de las horas finales»; «inquilinos forzosos de los barrios extremos»; «las últimas calles / de una ciudad soñada»; «un noviazgo crecido en el suburbio»; «el muchacho ya viejo / que amó las periferias / urbanas y mortales», etc.) Igualmente destaca la constante mención de coordenadas temporales que van surgiendo en los distintos poemas sin orden cronológico (años 50, 2008, 1989, 2005, 1998, 2009, 2003, 1975, 2006, 1976, etc.), como reflejo de la —solo aparentemente— caótica y caprichosa actividad de la memoria.
Aunque pudiera resultar paradójico, queremos terminar esta reseña con la dedicatoria que figura al inicio de Fugitiva ciudad: «A Malva y José Manuel, mis hijos. A su generación maravillosa y golpeada», pues creemos que en ella Manuel Rico ha sabido enlazar con precisión y honda ternura los dos ejes —individual y social, íntimo y colectivo— sobre los que gira su libro, sobre los que rota simultáneamente manteniendo con maestría el equilibrio entre ambos.
Fugitiva ciudad se estructura en cinco partes de extensión desigual, precedidas de un poema titulado «Casi un preludio»: «De los barrios inciertos» (17 poemas); «Días en ti con música de fondo» (11 poemas); «Más allá de las patrias» (17 poemas); «Formentor, medio siglo. 1959-2009» (3 poemas); «Donde agonizan los deseos» (5 poemas). Las secciones primera y tercera, las más extensas, combinan recuerdos individuales (la infancia, la adolescencia, la orfandad en la madurez, la pérdida de algunos amigos como Diego Jesús Jiménez, Dulce Chacón o Manuel Vázquez Montalbán, el encuentro con Juan Gelman) con acontecimientos históricos (la caída del muro de Berlín, la guerra de Irak) o sus vestigios (campos de trabajo en la Sierra de Madrid). Entre ellas, se extiende una segunda sección en la que la memoria ni es solo individual ni es plenamente colectiva, sino compartida con otra persona, la mujer amada. En la cuarta sección se recuerdan las Jornadas Poéticas de Formentor de 1959 y la celebración de su cincuentenario en 2009, mientras que la quinta está compuesta por cinco sonetos, el último de los cuales da algunas de las claves del poemario (así, el poema atestigua «[...] las edades / que cruzamos a ciegas o la exigua / señal de un tiempo roto»).
Varios son los mecanismos que dotan a Fugitiva ciudad de cohesión interna. Además de la ya mencionada combinación de lo íntimo y lo colectivo o del tono reflexivo, casi elegiaco, que impregna las distintas composiciones, cabría señalar la imagen del extrarradio como símbolo de los márgenes de la vida-ciudad («en los bloques que dan al descampado»; «crecen en las afueras / donde antaño lo hicieron vertederos y cardos»; «Era en la nebulosa de los barios inciertos / de todas las ciudades donde vivió la infancia»; «las marquesinas últimas de las paradas últimas / de aquellos autobuses de las horas finales»; «inquilinos forzosos de los barrios extremos»; «las últimas calles / de una ciudad soñada»; «un noviazgo crecido en el suburbio»; «el muchacho ya viejo / que amó las periferias / urbanas y mortales», etc.) Igualmente destaca la constante mención de coordenadas temporales que van surgiendo en los distintos poemas sin orden cronológico (años 50, 2008, 1989, 2005, 1998, 2009, 2003, 1975, 2006, 1976, etc.), como reflejo de la —solo aparentemente— caótica y caprichosa actividad de la memoria.
Aunque pudiera resultar paradójico, queremos terminar esta reseña con la dedicatoria que figura al inicio de Fugitiva ciudad: «A Malva y José Manuel, mis hijos. A su generación maravillosa y golpeada», pues creemos que en ella Manuel Rico ha sabido enlazar con precisión y honda ternura los dos ejes —individual y social, íntimo y colectivo— sobre los que gira su libro, sobre los que rota simultáneamente manteniendo con maestría el equilibrio entre ambos.
Publicado en Revista PARAÍSO. Número 9. Año 2013. Págs. 140-141. Octubre de 2013. Jaén.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Manuel Rico retiene con fuerza la memoria en su "Fugitiva ciudad". Por Miguel Veyrat
La certeza futura anida
en las verdades de la memoria
M. Rico
Ayer mismo tomaba yo unas notas en mi
cuaderno de poeta. Por ejemplo escribía: “Yo vivo en la lengua, hablo con la
vida misma. Y hablo porque la vida no me basta”. Pensé en un primer impulso
convertirlas en la apertura de un poema por escribir; pero ya tenía en mente y
sobre mi escritorio el último libro de poesía publicado por Manuel Rico, Fugitiva ciudad (1) y él
debía ser su primer destinatario. Porque también pensé que el mejor
psicoanalista no lograría jamás establecer con exactitud cómo se dan los millones
de asociaciones por nanosegundo que se ejecutan en las neuronas de un escritor…
hasta hallar las palabras exactas que detallen causas y conclusiones de su
propia vida en la sublimación escrita que se propone extender. Es más, creo que
Manuel Rico (2) vive permanentemente
en el lenguaje literario e ideológico y lo usa como elixir vital porque la
propia vida no le basta, a pesar del amor por ella que derrama constantemente.
Es uno de esos hombres de letras imprescindibles que providencialmente da una generación:
Narrador de éxito en todos los géneros —a los que acaba de agregar el
dietarismo resucitado por la moda editorial; poeta, periodista, militante
político y social, diputado electo, crítico literario, agente cultural y
director de una de las más prestigiosas y limpias colecciones de poesía en esta
España de literatura vendida permanentemente al mejor postor.
![]() |
| Tumba de Antonio Gramsci, en Roma, motivo de uno de los poemas de Fugitiva ciudad |
Es pues éste un libro escrito por Manuel Rico “nel mezzo del cammin” de una vida vivida con plenitud sobre la
práctica del lenguaje literario; más dantesco que machadiano, pues en su
escritura no se cierran las estelas que abre su propia su propia quilla al
dejar atrás la singladura—personal y colectiva— ya cumplida, para contemplarla
meramente desde el acantilado al que llega en este libro; intenta por el
contrario, desde lo alto, un descenso a los infiernos atisbados entre la
monotonía del tiempo reseco del franquismo aliviado por los estiajes de una
militancia clandestina. Es un libro que servirá para apoyar datos en su
paradigma correlativo a los micro-historiadores que desde hace apenas medio
siglo incorporan los hechos y emociones cotidianas narradas por poemas, novelas
y periódicos. Mas para empuñar el gobernalle de un nuevo impulso en busca del
sentido de su vida futura en lo desconocido, se apoya firmemente en un pecho
amigo largamente estudiado y estrechado: aquel Manuel Vázquez Montalbán que comenzó a levantar, junto con algunos
otros pocos, el borde de la manta que encubría nuestra miseria de españoles
secuestrados. Y así, la primera parte del libro, en “los barrios inciertos”, se
encomienda al gran poeta, periodista y militante antifascista que fue Vázquez Montalbán en sustancioso
epígrafe tomado precisamente del libro de 1997 titulado Ciudad:
Pero
sólo serás libre al llegar a Memoria
la
ciudad donde habita tu único destinoel frío aguarda más allá de las patrias
más allá de los nombres conocidos.
Para avanzar, nunca olvidar lo cierto,
sus verdades: esa patria que jamás engaña. Servirá pues para el empeño el
sobrevuelo sobre lo “fugitivo” del recuerdo en la ciudad habitada antaño para
conocer las ansias y escenarios de aquellos hijos de los perdedores de la
guerra civil, que creyeron en la farsa de la sucesión ordenada al franquismo y
cuyas cloacas comienzan a aflorar en nuestros días. Manuel Rico, para intuir cuál será a partir de ahora su destino
viaja por las calles de su aprendizaje en el sentido del “efecto mariposa”; así
se acerca a lo global de las ciudades y sucesos míticos que le marcaron desde
el diminuto punto de partida del barrio donde nació y vivió como niño,
adolescente y ahora adulto: el muchacho ya viejo que amó las periferias/
urbanas y mortales, intentando atrapar/ la sombra de un poema.
Un Madrid que se extiende y encoge
alternativamente en el recorrido sentimental donde “Memoria” le lleva a los
escenarios más íntimos de su estado de crisálida, como el humilde cuarto de una
casa de citas donde la carne se le
encoge en el recuerdo de una breves bragas aún temblando de carne nueva… o en
los domingos de una periferia pequeño burguesa y aburrida, tanto como “un día
no laborable en el polígono industrial”, los ecos del Bukowvsky recién leído por el “huidizo muchacho”, los recorridos en
trenes de cercanías con “el corazón desamueblado”, el entierro de un entrañable
amigo o la soledad que atrapa el pecho a la cabecera de la madre muerta.
Establecido ya el escenario para dar respuesta adecuada a los citados versos de
quien hará el papel de Virgilio en
tal viaje; tras conjurar el peligro del olvido —(…) El viento se deshace/ en la
orfandad sin viento que vive el sustantivo,/ en el lugar nombrado o en la
tierra/ de lo innombrable, de lo deshecho o roto, de lo humillado—, el poeta
comienza precisamente su libro con esta evocación:
Era en la nebulosa de las calles
de una ciudad tendida,como ropa al sol, tras la ventana abierta
al resplandor del miedo. (…)
Y las páginas van abriendo en pleamares
la lenta progresión de la vida de un hombre que ya se siente con la capacidad
de poner sobre la mesa sus actos y contemplarlos con voluntad analítica,
siempre en la inabarcable duda acerca de adónde le llevará el futuro; quizás
allá mismo Donde agonizan los deseos, como en la confesión que cierra las
guardas. Entre la decepción reflexiva de la colección de poemas también
sabremos de otras ciudades que afincaron la realidad histórica en su frente,
fijando lo fugitivo del pasado en la lenta progresión de sus certezas
ideológicas, en la conciencia crítica y
madura: los años de plomo que se replican en Roma musitando acaso los versos de
Pasolini rescatados de “Memoria”
ante la tumba de Gramsci, aquél que
iluminaba/ ciudades sin escoria en los “Cuadernos/ de la cárcel” (…) ; en la
cena en Frankfurt con Juan Gelman,
por la risa compartida “contra la incertidumbre de una Europa cobarde” y que el
autor aprovecha para el recuento de los amores que también marcaron su quehacer
literario, Gabo, Blas de Otero, Haroldo
Conti con los que recupera el Silencio de pana y de ternuras/ de divisorias
rotas, de fronteras/ que se deshacen/ al comprobar con sereno desengaño que sus
propios fantasmas, sus demonios, sus terrores pequeños de “viajero que huye”
para no volver en el aroma del viejo tango, no fueron patrimonio exclusivo de su ciudad fugitiva; que el
fermento de la nostalgia se halla siempre bajo los adoquines de cualquiera de
las ciudades visitadas donde yace siempre contrariado por la Historia el
espíritu de toda primavera política y
social —como aquel mítico ‘68 que su generación no pudo cumplimentar.
Capítulo esencial de esta elegía
distribuida en poemas de diversa factura —que alcanza incluso arquitectura y
metro de soneto en las páginas finales—, y que merece ser resaltado junto al
recorrido por las pasiones con más calor guardadas como música y pintura, será
el tributo que rinde Manuel Rico a
la amistad, una de sus virtudes humanas esenciales. Ellos, sus amigos como el
ya citado Manolo Vázquez Montalbán,
Dulce Chacón o Diego Jesús Jiménez,
aportan en los versos que les dedica el
complemento emocional indispensable para apuntalar “las verdades de la memoria”
sobre las que ha reconstruido su trayectoria existencial de “Homo Viator” —como
lo hubiese llamado aquel Gabriel Marcel conciliador entre el sentido de
los dos itinerarios posibles para el Ser que trazaron Sartre y Heidegger. Entre la
Nada y el Tiempo, Manuel Rico decide
final y humildemente su propio camino:
Clausura por de pronto el presente tramo de calzada con una reflexión que es
“Herma”, al tiempo que mojón poético respirando exacto en sus vestiduras clásicas:
No revela el poema necedades
sino rastros de una verdad antigua.Cruza puertas y muros, atestigua
temblores del idioma, salvedades.
Que olvidamos a veces, las edades
que cruzamos a ciegas o la exiguaseñal del tiempo roto: así es de ambigua
la lengua entre los versos. Las verdades
en el miedo se esciben o en el gozo.
Son realidad y vida, no poema.Este miente y araña y así enciende
El núcleo de la nida, el turbio
esbozo
de los sueños ajados, el emblema de lo extraño, la luz que nunca ofende.
(1)
Fugitiva ciudad. Premio
Internacional de poesía Miguel Hernández.
Hiperión. Madrid, 2012
Publicado en Ojos de papel el 10 de noviembre de 2012
domingo, 6 de octubre de 2013
"Los sótanos de la ciudad". Por Rafael Suárez Plácido.
Crítica a Fugitiva ciudad.
Cuando hablamos de conocer una ciudad, nos estamos refiriendo a su casco antiguo o, a lo sumo a un barrio concreto, reconocido o reconocible por algo. Pocas veces caemos en la cuenta que las ciudades que vemos no son sino la parte visible de un iceberg, que oculta mucho más de lo que nos ofrece. En la portada de este libro, hay un dibujo de una línea de horizonte, o del cielo, de cualquier ciudad moderna actual y de un espacio por abajo, que podría simbolizar todo aquello que no se ve fácilmente, ni con una visita. A veces, la forma de reconocerlo es haber pasado un tiempo allí, otras veces, haber leído una obra que tenga sus raíces en esa misma ciudad y el momento de confirmar eso que se ha leído, ese sí, ha de ser una visita –al menos una visita- a la ciudad. El autor del dibujo es José Manuel Rico, una de las dos personas a quienes está dedicado este poemario de Manuel Rico. ¿Quién es Manuel Rico? Es muchas cosas (poeta, narrador, editor, crítico…) pero para mí, además de todo ello, es el editor de la Poesía Completa de Manuel Vázquez Montalbán, uno de mis poetas y prosistas favoritos de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado, que también fue muchas cosas y que, quizás por ello, vio como su poesía –sin duda, parte esencial de su obra- quedaba en un discretísimo segundo plano, quizás también como la parte oculta, mucho mayor que la visible, del iceberg de la portada. También Vázquez Montalbán escribió un poemario titulado Ciudad y con unos versos suyos inicia Manuel Rico la primera parte de este poemario. Son cuatro versos, pero en los dos primeros adivino buena parte del significado de este libro: “pero sólo serás libre al llegar a Memoria / la ciudad donde habita tu único destino”. Memoria y ciudad. Memoria y Fugitiva ciudad: Memoria también fugitiva. No se trata de una ciudad con sus calles más céntricas ni monumentos más conocidos, aunque en muchos de estos poemas se reflejen las calles del Madrid natal, especialmente en la primera parte, o de la Barcelona donde se conocieron otras experiencias posteriores. La ciudad fugitiva es una serie de ciudades en las que se han recordado libros o versos o autores que han ido creando la figura del lector que es la base de todas las figuras posteriores. Pero vayamos por partes.
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| Grafiti en un solar del barrio de Carabanchel |
El libro está dividido en cinco partes que están ordenadas cronológicamente. De ellas, la primera, “De los barrios inciertos” y la tercera “Más allá de las patrias”, tienen en común que sus poemas llevan título y parece que forman parte de un proyecto de obra común, el de esa “fugitiva ciudad” del título, más en la primera parte que en la tercera. Pensemos que es Madrid o Barcelona, pero también Roma, Berlín, Viena o Frankfurt. Esa ciudad-iceberg que navega a la deriva por aguas casi siempre heladas al destino que ya todos conocemos. Son poemas que están impregnados de lo social y que siempre hacen referencia a un hecho o a una historia marcada por la derrota. No se trata sólo de la cara más conocida de esas ciudades, al contrario, nos movemos por polígonos industriales, barrios periféricos, bares del miedo, trenes de cercanías o hipermercados.
“De los barrios inciertos” trata de sus padres, de la infancia y de los primeros años de formación que llegaron con las inolvidables primeras lecturas, poesía y ensayo, Sharon Olds, T. S. Eliot, A. Gramsci y C. Pavese. En la segunda parte, “Días en ti con música de fondo” asistimos a un libro nuevo, en el que el protagonista es el descubrimiento del amor y el escenario, Barcelona. Son versos de amor y de batalla, que presagian esa otra batalla que trata de conseguir la dignidad para los suyos, para sí mismo. Y de eso trata la tercera parte del libro, “Más allá de las patrias”, donde se consolidan esos primeros esbozos de juventud, donde el poeta maduro reconoce con sus propios ojos el mundo, más poesía, más luchas desiguales, a más perdedores y consolida su formación como escritor, llegando hasta los años inmediatamente anteriores a los que vivimos, de los que se trata en la quinta parte, una serie de sonetos a la manera del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, sobre el presente sin la carga de espiritualidad que nos ofrecía también el gran poeta vasco.
El poema “Nebulosa”, que inicia la primera de esas partes, ya nos va aclarando cuáles van a ser los rasgos más destacados del libro: formalmente, el uso del encabalgamiento, a veces, abrupto; la adjetivación sonora y, muy especialmente, las enumeraciones (sustantivos, adjetivos, oraciones subordinadas, verbos). Muchos de los poemas son enumeraciones, a veces caóticas, pero normalmente ordenadas in crescendo a partir de las que va tomando forma la historia, porque siempre hay una historia detrás. No es difícil reconocer las lecturas asimiladas del omnipresente Vázquez Montalbán, gran poeta español de la Ciudad y la Memoria, y también con esa adjetivación tan rica, que también encontramos en la otra gran influencia, Jaime Gil de Biedma, a quien cita al empezar la cuarta parte del libro: “Formentor, medio siglo. 1959-2009”, un homenaje a lo que supuso una puesta al día en la poesía española, la primera que se produjo desde la generación del 27, en esa generación del 50 que tomó la bandera de la poesía social. Del mismo modo, van asomando otras influencias a las que va citando, la mayoría de ellos poetas. Y los cita porque la literatura forma parte de la vida de Manuel Rico. Muchas veces la literatura es la vida y el poeta quiere dejar constancia de ello. Ya hemos citado a Walter Benjamin, que para muchos es poeta antes que pensador. Pero también cita a Handke, a Vicente Gaos, a Antonio Machado; y a algunos amigos como Gelman, Diego Jesús Jiménez y Dulce Chacón. Casi todos ellos han sido, algunos son aún, de esa raza de los que nunca ganaron nada más que lo que fueron capaces de escribir, a veces, con su propia sangre. de los que sólo ganaron un lugar en nuestra memoria. Es posible que esa línea más social de la poesía española del siglo XX: Antonio Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma y Vázquez Montalbán tenga su continuidad en poetas como Manuel Rico que en esta Fugitiva ciudad plantea con éxito el proyecto de poesía total, poesía de la Memoria.
Publicada en el blog "El describrimiento del Bósforo", de Rafael Suárez Plácido.
jueves, 3 de octubre de 2013
Sobre "Fugitiva ciudad", por Juan Carlos Ortega
Reseña sobre Fugitiva ciudad
Madrid es esa ciudad fugitiva, ciudad del
presente del poeta, ciudad del siglo XXI, ciudad para jóvenes que hierven de
sueños y promesas y ciudad de viejos temerosos de muerte y existencia, de
mujeres con bolsas rebosando lechugas y hombres firmando una quiniela o jugando
en su móvil, ciudad de cines donde pasan películas de Bergman y de exposiciones
de Evard Munch, ciudad de bares, de tiendas de todo a cien, de Mc Donalds donde
los amantes furtivos se encuentran y buscan el paraíso de una felicidad
transitoria, ciudad de sábados en el hipermercado y domingos fríos de invierno
leyendo poemas que ofrecen recetas para engañar al tiempo.
El poeta pertenece a su ciudad. “Soy de la plaza
/ de España”. “Soy / de una plaza cualquiera de una ciudad sin nombre / donde a
veces se odia tanto como se ama”. Aunque esta ciudad está hecha de muchas
ciudades: Berlín, Frankfurt, Roma, Bagdad, Viena, Barcelona. En todas ellas se
respiran las mismas soledades, las mismas quimeras.
Pero no son solo las imágenes coloridas del
presente las que el poeta atrapa en la sombra de sus poemas. La memoria del
poeta también nos traslada al Madrid de los años 50, a un lugar de miseria y
supervivencia, de miedo y derrota, una infancia de madres mudas y padres
aterrados. Tiempos de zozobras e impotencia, donde los derrotados buscan refugio
en los “bares del miedo” de la alargada estirpe de aquellos que vencieron. La
memoria es, de hecho, uno de los ejes vertebradores de este libro y también una
de las constantes de toda la poesía de Manuel Rico.
En el poema titulado “Momentos de Viena en 2005”
el poeta habla de la “desmemoria”. Viena es una ciudad donde el presente
luminoso, apacible, pulcro, parece haber olvidado la Historia, los trenes del
terror, el llanto, el miedo, el silencio. Igualmente en el poema titulado “Campos de
trabajo. Las huellas (Sierra Norte de Madrid)” el poeta nos habla de la
sierra de sus veraneos, donde asoman monumentos, junto a pueblos que el terror
enmudeció. En ellos pervive “la asustada memoria de los que vivieron poco y
sufrieron lo indecible / junto a los muros de la desvergüenza”.
La España turbia de los años 50 y un pasado menos
lejano se entremezclan en “Tarde de guerra en Irak”. El poeta camina
con su hijo a la sombra del edificio Reina Sofía, donde la gente clama por la
paz, lo que le lleva a rememorar al niño que fue y la huella de sufrimiento que
dejaron en él aquellos “tiempos infames”, porque “Mas allá de las
patrias” aguardan los mismos muertos, los mismos huérfanos, las mismas
soledades, los mismos abismos.
En el hermosísimo poema “El barrio que fue
mío” el poeta evoca su antiguo barrio. Aunque la gente diga que ya no
existe, que “máquinas sin memoria hicieron de él escombros”, no es cierto. El
barrio de su niñez y su juventud sigue existiendo en el poema. Vive, por
supuesto, en su memoria.
También a su memoria acuden los amigos
entrañables del pasado. En “Recuerdo del poeta. El primer encuentro” el
poeta rememora al amigo y compañero de sueños y oficio, Manuel Vázquez
Montalbán. La noticia de su muerte en Bangkok, recibida “como un baldón de
fiebre”, le trae a la memoria su primer encuentro en el hotel Palace de
Barcelona, las historias compartidas y los lazos que les unieron para
siempre.
En “Cena en Frankfurt” nos habla de su
cena con el también poeta Juan Gelman, la charla sobre sus demonios, sus
fantasmas, sus temores, los amigos comunes, Gabo, Blas de Otero… Y entre risas y
cervezas, el poeta “gelmanea”. Maravilloso vocablo.
Y es que el léxico de Fugitiva ciudad es fértil y al tiempo familiar, sencillo, próximo. Estamos ante un libro que ética y estéticamente resulta emocionante. Un libro que aspira a la cercanía, sin renunciar a una forma trabajada, cuidada y, ciertamente, brillante.
EL BARRIO QUE FUE MÍO
Hay una luz seca y sombría
temblando en las esquinas del verano
del barrio que ahora evocas.
Dicen que ya no existe: mienten.
Que es tierra silenciada y que es vacío: mienten.
Fue lateral ciudad a medias, turbia
lonja del desamor y, a veces,
del desacierto y de la no esperanza,
de la flor rota y de los entusiasmos,
del párpado quemado y de la voz más limpia.
Existe aquí, se crea y vive con la letra
que atañe al corazón y a veces lo equivoca.
Aquí crecen las calles amigas de la sombra
y de la luz de agosto.
Aquí, en esta tierra de palabras y dudas,
de tiempos asustados por el límite,
vuelve, lento, aquel barrio
del niño que creíste inamovible y tuyo:
tiendas de coloniales, fruterías,
el viejo estanco y el lugar del vino
y los alcoholes, tu primer deseo
y tu ilusión penúltima.
Dicen que una tarde de octubre
máquinas sin memoria hicieron de él escombros,
lo dejaron sin luz y sin sentido.
Mienten: vive aquí, en estos signos
que lo sueñan y encienden
sin que nadie te vea.
Hay una luz seca y sombría
temblando en las esquinas del verano
del barrio que ahora evocas.
Dicen que ya no existe: mienten.
Que es tierra silenciada y que es vacío: mienten.
Fue lateral ciudad a medias, turbia
lonja del desamor y, a veces,
del desacierto y de la no esperanza,
de la flor rota y de los entusiasmos,
del párpado quemado y de la voz más limpia.
Existe aquí, se crea y vive con la letra
que atañe al corazón y a veces lo equivoca.
Aquí crecen las calles amigas de la sombra
y de la luz de agosto.
Aquí, en esta tierra de palabras y dudas,
de tiempos asustados por el límite,
vuelve, lento, aquel barrio
del niño que creíste inamovible y tuyo:
tiendas de coloniales, fruterías,
el viejo estanco y el lugar del vino
y los alcoholes, tu primer deseo
y tu ilusión penúltima.
Dicen que una tarde de octubre
máquinas sin memoria hicieron de él escombros,
lo dejaron sin luz y sin sentido.
Mienten: vive aquí, en estos signos
que lo sueñan y encienden
sin que nadie te vea.
Publicado en la revista digital TRAVELARTE el 18 de noviembre de 2012
martes, 2 de julio de 2013
Dos críticas a "Mar de octubre". Pablo Corbalán / Santos Sanz Villanueva
Realismo testimonial, por Pablo Corbalán
Mar de octubre
Viaje al sureste y viaje en otoño. Un joven escritor emprende la ruta hacia las costas murcianas, en busca de las claves de un fragmento de su propia historia que piensa imprescindible para dar fin a la novela que le obsesiona. Diecinueve años antes, casi en su adolescencia, Martín y un amigo suyo hallaron el cadáver de una muchacha junto a las aguas de la orilla del mar Menor. Cómo murió, cuál era su identidad, en qué circunstancias se produjo aquella muerte, son cuestiones que necesita aclarar no ya para proseguir su tarea literaria sino para satisfacer su íntima ansiedad, ya que la novela en cuestión, establecida en gran parte sobre las huellas de su biografía, le ha obligado a dragar en su propio pasado, cuando, como veraneante, empezó a frecuentar la región.
En
este comienzo de Mar de octubre, Manuel
Rico nos introduce en un mecanismo literario de características policiacas que
concluirá por desembocar en un esquema pirandelliano en el que los personajes
de ficción llegan a confundirse con los reales hasta el extremo que el propio
autor aparece identificado en la memoria de la misteriosa muchacha muerta y
ésta resulta ser uno de los personajes de su novela.
Pero la propuesta de Manuel Rico no se establece literalmente sobre la obsesionante investigación. Esta terminará por dejar al descubierto otra preocupación subyacente más sutil y más honda: la de la búsqueda de un tiempo perdido que han ido cubriendo los años de crecimiento biológico y de madurez y que en su día fueron acicate de esperanzas y de averiguaciones vitales y de cultura en un período postbélico en el que los miedos represivos iban siendo disueltos por nuevas perspectivas tan alentadoras como inconcretas. Aquel pasado fue el de toda una juventud casi adolescente que, en gran medida, ha ido dejándose ganar por la pasividad, la acomodación, el escepticismo o la desgana empujada por la desintegración de la vehemencia juvenil que no supo hallar su camino entre los espejismos de su laberinto. En esta madeja que se ha llamado del desencanto, Manuel Rico, repleto de legítima ambición literaria y testimonial e impuesto, con el mayor pudor, en la asunción del justo equilibrio entre esos componentes, se atreve, en estos tiempos de descrédito de la realidad, a ejercitarse sobre ella devolviéndole una vigencia que, como es natural, incluso en su vaguada social, tan estúpido resultaba negarla y suprimirla como sobrevalorizarla por sí misma. El autor sabe muy bien que todo depende del grado de sinceridad y autenticidad de quien intenta abordarla y del talento con que el realismo se aplique. En el caso de Mar de octubre el enfoque realista se impone como la clave expresiva adecuada para la motivación imaginativa escogida. Excelentemente meditada y equilibrada, lozanamente escrita y acuciantemente incentivada, la novela de Manuel Rico representa un interesante y positivo quiebro en tan repetidos insustanciales intentos por elevación que se están produciendo en la novelística de los últimos años.
Tradición realista, por Santos Sanz Villanueva
Otros tiempos más próximos centran el cogollo de la acción de Mar de eoctubre, de Manuel Rico, libro también inserto en una tradición realista y crítica de la literatura que, no obstante, no escatima el derecho a la invención. El protagonista, un escritor que hurga en su memoria para encontrar un sentido a su vida, viaja a la costa murciana para completar una ficción que arranca de inconcretos, pero nítidos, recuerdos adolescentes. Allí, en el Mar Menor, desarrolla una investigación que aclara antiguos y ominosos hechos.
La línea narrativa, asentada en un planteamiento de intriga, con una trama bien urdida y con más de una sorpresa, suscita el interés que siempre posee el suspense inquietante. Pero todo ello no deja de ser el soporte de algo de más entidad: una especie de autobiografía moral, la de las aspiraciones y decepciones de la promoción que era joven por los años sesenta, a la que pertenece el propio Rico. Esta primera novela, que anuncia un escritor con porvenir, se adentra también en el sugestivo campo en el que vida y literatura entremezclan sus fronteras porque ambas se confunden en el relato de una misma y sola historia.
Publicado en Diario 16. Libros. Jueves, 15 de marzo de 1990.
NOTA: la crítica de Sanz Villanueva formaba parte de un recorrido por seis novelas de nuevos narradores, aparecidas en 1989 y bajo el título "Múltiples voces". Los autores eran, además del que suscribe: José Antonio Padrón, Alicia Giménez Bartlett, Ernesto Parra, Carlos Trías y Javier Sebastián.
Mar de octubre
Fundamentos. Madrid, 1989.
Páginas: 223 Pesetas: 955
Viaje al sureste y viaje en otoño. Un joven escritor emprende la ruta hacia las costas murcianas, en busca de las claves de un fragmento de su propia historia que piensa imprescindible para dar fin a la novela que le obsesiona. Diecinueve años antes, casi en su adolescencia, Martín y un amigo suyo hallaron el cadáver de una muchacha junto a las aguas de la orilla del mar Menor. Cómo murió, cuál era su identidad, en qué circunstancias se produjo aquella muerte, son cuestiones que necesita aclarar no ya para proseguir su tarea literaria sino para satisfacer su íntima ansiedad, ya que la novela en cuestión, establecida en gran parte sobre las huellas de su biografía, le ha obligado a dragar en su propio pasado, cuando, como veraneante, empezó a frecuentar la región.
En
este comienzo de Mar de octubre, Manuel
Rico nos introduce en un mecanismo literario de características policiacas que
concluirá por desembocar en un esquema pirandelliano en el que los personajes
de ficción llegan a confundirse con los reales hasta el extremo que el propio
autor aparece identificado en la memoria de la misteriosa muchacha muerta y
ésta resulta ser uno de los personajes de su novela.Pero la propuesta de Manuel Rico no se establece literalmente sobre la obsesionante investigación. Esta terminará por dejar al descubierto otra preocupación subyacente más sutil y más honda: la de la búsqueda de un tiempo perdido que han ido cubriendo los años de crecimiento biológico y de madurez y que en su día fueron acicate de esperanzas y de averiguaciones vitales y de cultura en un período postbélico en el que los miedos represivos iban siendo disueltos por nuevas perspectivas tan alentadoras como inconcretas. Aquel pasado fue el de toda una juventud casi adolescente que, en gran medida, ha ido dejándose ganar por la pasividad, la acomodación, el escepticismo o la desgana empujada por la desintegración de la vehemencia juvenil que no supo hallar su camino entre los espejismos de su laberinto. En esta madeja que se ha llamado del desencanto, Manuel Rico, repleto de legítima ambición literaria y testimonial e impuesto, con el mayor pudor, en la asunción del justo equilibrio entre esos componentes, se atreve, en estos tiempos de descrédito de la realidad, a ejercitarse sobre ella devolviéndole una vigencia que, como es natural, incluso en su vaguada social, tan estúpido resultaba negarla y suprimirla como sobrevalorizarla por sí misma. El autor sabe muy bien que todo depende del grado de sinceridad y autenticidad de quien intenta abordarla y del talento con que el realismo se aplique. En el caso de Mar de octubre el enfoque realista se impone como la clave expresiva adecuada para la motivación imaginativa escogida. Excelentemente meditada y equilibrada, lozanamente escrita y acuciantemente incentivada, la novela de Manuel Rico representa un interesante y positivo quiebro en tan repetidos insustanciales intentos por elevación que se están produciendo en la novelística de los últimos años.
Publicado en El Mundo. Libros. 4 de febrero de 1990.
Tradición realista, por Santos Sanz Villanueva
Otros tiempos más próximos centran el cogollo de la acción de Mar de eoctubre, de Manuel Rico, libro también inserto en una tradición realista y crítica de la literatura que, no obstante, no escatima el derecho a la invención. El protagonista, un escritor que hurga en su memoria para encontrar un sentido a su vida, viaja a la costa murciana para completar una ficción que arranca de inconcretos, pero nítidos, recuerdos adolescentes. Allí, en el Mar Menor, desarrolla una investigación que aclara antiguos y ominosos hechos. La línea narrativa, asentada en un planteamiento de intriga, con una trama bien urdida y con más de una sorpresa, suscita el interés que siempre posee el suspense inquietante. Pero todo ello no deja de ser el soporte de algo de más entidad: una especie de autobiografía moral, la de las aspiraciones y decepciones de la promoción que era joven por los años sesenta, a la que pertenece el propio Rico. Esta primera novela, que anuncia un escritor con porvenir, se adentra también en el sugestivo campo en el que vida y literatura entremezclan sus fronteras porque ambas se confunden en el relato de una misma y sola historia.
NOTA: la crítica de Sanz Villanueva formaba parte de un recorrido por seis novelas de nuevos narradores, aparecidas en 1989 y bajo el título "Múltiples voces". Los autores eran, además del que suscribe: José Antonio Padrón, Alicia Giménez Bartlett, Ernesto Parra, Carlos Trías y Javier Sebastián.
miércoles, 12 de junio de 2013
Palabras no pixeladas
Por Marta Sanz

En la época del hambre y los i-phones, de una generación maravillosa y golpeada, Manuel
Rico persiste en la memoria y en la propia persistencia. En un proyecto poético
que es igual que siempre y completamente distinto. Persistencia y perseverancia
son formas de la repetición, y la repetición es metáfora de una muerte que se
hace tangible en el aire elegíaco de los versos sobre la madre, Diego Jesús
Jiménez, Vázquez Montalbán, los desaparecidos de Gelman. Hay, en este poemario,
un tono que no renuncia al futuro pero que nos avisa de que, más allá de la
perpetuación en hijos, libros y árboles, nos acercamos a una edad en que nos vamos
quedando solos. Tal vez es que la literatura es casi siempre triste. Que la
ilusión mejor construida es la que desilusiona. Que la locura o la ignorancia,
como decía Erasmo, es el único estado compatible con una felicidad compuesta de
pequeñísimos fragmentos que siempre se disfrutan retrospectivamente. Repetición
y reincidencia son erosiones, modos de gastarse en el reflejo del reflejo. Sin
embargo, algunas metáforas significan una cosa y su antónimo, y la repetición
–el silencio también- adquiere sentido cuando la realidad, sobre la que se
proyecta y donde se construye, no ha cambiado pese al simulacro de metamorfosis
que resulta del paso del tiempo. El fantasma aparece porque aún necesita
vengarse. Rico resiste en su universo metafórico –descampado, orfandad,
memoria- constatando la pertinencia de discursos que aún no han sido oídos.

En la época del hambre y los i-phones, de una generación maravillosa y golpeada, Manuel
Rico persiste en la memoria y en la propia persistencia. En un proyecto poético
que es igual que siempre y completamente distinto. Persistencia y perseverancia
son formas de la repetición, y la repetición es metáfora de una muerte que se
hace tangible en el aire elegíaco de los versos sobre la madre, Diego Jesús
Jiménez, Vázquez Montalbán, los desaparecidos de Gelman. Hay, en este poemario,
un tono que no renuncia al futuro pero que nos avisa de que, más allá de la
perpetuación en hijos, libros y árboles, nos acercamos a una edad en que nos vamos
quedando solos. Tal vez es que la literatura es casi siempre triste. Que la
ilusión mejor construida es la que desilusiona. Que la locura o la ignorancia,
como decía Erasmo, es el único estado compatible con una felicidad compuesta de
pequeñísimos fragmentos que siempre se disfrutan retrospectivamente. Repetición
y reincidencia son erosiones, modos de gastarse en el reflejo del reflejo. Sin
embargo, algunas metáforas significan una cosa y su antónimo, y la repetición
–el silencio también- adquiere sentido cuando la realidad, sobre la que se
proyecta y donde se construye, no ha cambiado pese al simulacro de metamorfosis
que resulta del paso del tiempo. El fantasma aparece porque aún necesita
vengarse. Rico resiste en su universo metafórico –descampado, orfandad,
memoria- constatando la pertinencia de discursos que aún no han sido oídos.
En Fugitiva ciudad,
ese discurso se dibuja con música: en sus excelentes sonetos se concibe la
poesía como palabra manchada que es a la vez una luz que nunca ofende. Cuando
escribimos un soneto siempre se nos cubre de polvo enamorado, quizá por esa
razón estos poemas son viaje en el tiempo y superposición de espacios en la
transparencia: las ciudades habitan dentro ciudades a las que se accede por el
ojo de una aguja o a través del terraplén de la madriguera de Alicia. La lírica
y la ciencia-ficción se combinan con vocación moral. Los lugares y tiempos de Fugitiva ciudad nunca volverán a ser los
mismos y, sin embargo, se repiten: los versos expresan lo intangible de esas
repeticiones, nuestra dificultad para aprender de la Historia, el movimiento indetectable
y la permanencia como señal de ceniza y escritura. Cómo nos impregna la memoria
de lo que no hemos vivido, y cómo la no-experiencia pasa a formar parte de
nosotros. La palabra de Rico también absorbe una concepción erótica del vivir: el amor es metonimia porque precisa de
imágenes que solidifiquen el estado gaseoso y los espíritus que saliendo de una
pupila se incrustan en otra. La poesía se hace imprescindible para no olvidar
el amor, para dotar al amor de un cuerpo que nos permita verlo y tocarlo más
allá de los dolores del platonismo, la represión o la higiene. El amor es pelo,
voz, bufanda. Y cada metonimia un fetiche. Escribe Rico “Veo la voz en la
bufanda…”, entonces, el amor es sinestesia, teoría del conocimiento.
Al margen de la idea de que los textos viven dentro de los
textos como “las ciudades viven dentro de las ciudades”, de modo que la poesía
es una gran conurbación, la colonización permanente de un territorio lábil, en Fugitiva ciudad Rico muestra que la
poesía civil no es acta notarial o lista de la compra. En hipermercados, ceniceros
y pantalones de pana, Rico encuentra el reverso lírico de lo pequeño: una
poesía meditativa que le debe más a la actualidad que a lo metafísico, al
Euribor que a Dios. Rico cuestiona la bruma, como puntal del metarrelato
posmoderno, despojándola de sus connotaciones melancólicas: la bruma encarna la
ceguera y la militancia elegiaca, las reflexiones frente a la tumba de Gramsci,
revierten en vindicación de todo lo que sigue siendo urgente. Este proyecto
intensifica la condición analógica de un poeta que habita el campo semántico
del pensamiento crítico: globalidad, conciencia del mundo, abstracciones e
irrenunciables utopías. Manuel Rico, valientemente, persiste. Sus palabras no
están pixeladas: son nítidas y, en su lucidez, dañan y estimulan en la misma
proporción. MARTA SANZ
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| Rincón de la ciudad de Madrid. Barrio de Carabanchel |
Publicada en Clarín. Enero-febrero de 2013. Número 103. Oviedo, 2013
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