jueves, 14 de agosto de 2014

Tres críticas de 1995 a "Una mirada oblicua": Vázquez Montalbán, Santos Alonso y Ángel Basanta

Para lectores curiosos o interesados en conocer lo que se escribió, en el ámbito de la crítica, sobre Una mirada oblicua, rescato los textos de Manuel Vázquez Montalbán, publicado en El País, Santos Alonso, en Diario 16,Ángel Basanta, en ABC. 
                  
El 23-F y Max Frisch
Antiguos militantes antifranquistas en crisis de identidad protagonizan la nueva novela de Manuel Rico.

Por MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

La libertad estructural de esta novela lleva a pensar en cuánto hemos aprendido a leer y escribir para hacer posible la alquimia de la impresión final de unidad y verdad que exige cualquier propuesta literaria. La tercera persona, el relato directo de dos, hasta tres personajes, un diario como referente, sumados estos elementos sin una simetría preprogramada, sin embargo el ritmo de la escritura, que es el de la respiración del pensamiento del autor impone esa impresión final de unidad y verdad. Poeta, novelista y crítico, Manuel Rico consigue ser en Una mirada oblicua un novelista que apenas pasa el plumero de la imaginería poética y que autocontrola el mensaje ético sin esconder los trazos sociologistas de los personajes principales: los hoy acuarentados miembros de la última promoción de activistas antifranquistas, todavía marcados por "...los tiempos del oprobio". A pesar de esta ubicación sociologista y de que la trama arranca nada menos que la noche del 23-F, la novela no es un ajuste de cuentas de la transición, sino una morosa reflexión sobre la crisis de la identidad cuando lo histórico no ayuda a delimitarla. Por eso son tan emblemáticas las continuas referencias a las indeterminaciones del personaje de No soy Stiller, de Max Frisch, y a los desórdenes de la conciencia descritos por Pessoa en el Libro del desasosiego. De hecho, la noche del 23-F es el penúltimo dato externo ordenador de una posición ética, y a partir de esa noche y de lo que de privado ocurre en ella como desencadenante, los personajes se verán obligados a buscar su mismidad a través de un juego de interacciones guiadas por esa perversa tendencia a la indeterminación.

La posición moral del protagonista se parecería a la de esos personajes de Mercedes Soriano, miembro de casi la misma promoción bioliteraria de Rico, forzados a encerrarse con el yo como un solo juguete después de haber vivido arropados en el nosotros de la utopía emancipatoria. Esa utopía emancipatoria ya es pasado cuando Esteban Neira empieza a existir como héroe literario dotado de mirada oblicua y, por tanto, distorsionadora de su propia realidad y de la que comparte. Estamos en presencia de una novela según las claves del conocimiento intelectual de la vida a través de la novela, una tendencia literaria que coexistió con buena salud en los sesenta con los alardes tecnológicos derivados del nouveau román. Los personajes no disimulan su cultura de letraheridos (habría que asumir de una vez en castellano este catalanismo derivado de lletra-ferits), es decir, esas personas obsesionadas por la literatura hasta el punto de sufrirla como una herida de la que no desean sanar. Reordenan el conocimiento de sí mismos con la ayuda las más veces de Frisch, otras de Pessoa, dentro de un tiempo convencional no de ma¬duración, sino de aceptar la propia inmadurez. El cuarteto que protagoniza la novela hace coincidir su estrategia existencial con la propia estrategia narrativa del autor y de ahí que a pesar de todas las libertades que Rico se ha tomado sobre la cuestión del punto de vista, Una mirada oblicua propone la evidencia de que como lectores hemos sido seducidos por un punto de vista lógicamente oblicuo.

EL PAIS, 18 de noviembre de 1995

La duda bajo los pies
Rico describe la desorientación que desencadenó el golpe de Estado.

Por SANTOS ALONSO

Nadie parece discutir en nuestros días que el 23 de febrero de 1981 significó el final de la transición y el comienzo de la consolidación democrática. El túnel de aqueélla larga noche despejó cuando la sensatez política se impuso a la barbarie de las balas, cuyos impactos habían desvelado a la mayor parte del país. Desde ese momento, la gente pudo vivir sin sobresaltos, ya que la seguridad de la certeza, con" apellido de estabilidad política y social, era como una póliza vitalicia del futuro bienestar colectivo. Sin embargo, también esa noche cambió el rumbo y el destino individual: para unos representó el certificado legal que les autorizaba su profesionalismo político; para otros, luchadores en los tiempos difíciles, pero en todo momento apartados de los lugares de honor de los partidos, fue el punto de partida hacia la incertidumbre. La duda se removió bajo sus pies.

Qué ha sido de estos hombres y mujeres es la pregunta que se hace Una mirada oblicua, cuarta de las novelas publicadas por Manuel Rico (Madrid, 1952), a través de sus dos protagonistas. Este tratamiento existencial de los personajes desde una perspectiva política y social, en la que los sucesos históricos determinan su destino o interfieren en sus contradicciones personales y en sus relaciones sentimentales, es, salvo escasas excepciones, poco frecuente en la narrativa española de hoy. Tal vez nuestros novelistas, azuzados por el complejo de provincianismo y de falta de imaginación, del que han sido tildados reiteradamente, prefieren no mojarse y escapar por los espacios y atmósf¬ras más placenteros de la fabulación.

Manuel Rico no comparte este concepto neutro de la literatura. Por el contrario, afronta con intensidad la indagación en la incertidumbre y la confusión, narrando la peripecia desorientada de Esteban Neira desde la noche del golpe de Estado hasta hoy, un camino tortuoso y desencantado para quien, como el mismo personaje manifiesta, cargó en las espaldas la desolación ajena que se incrustó en su carne en los años del oprobio y no entiende el futuro sin las viejas experiencias que suelen esconderse con mala conciencia a los más jóvenes.

La tranquilidad política, después de la tormenta y el insomnio, despierta en Esteban el desasosiego, hasta el punto de conducirle a la ruptura con Andrea y a una consiguiente excitación interior que le desequilibrará su visión de la realidad y sus fundamentos emocionales. Andrea, por su parte, tampoco se librará de la duda y de la búsqueda de explicaciones coherentes a su lugar en el mundo. Ambos personajes representan, sin duda, a una colectividad más o menos amplia que ha vivido, personal y socialmente, el desconcierto de un cambio tal vez superficialmente analizado hasta ahora, es decir, el paso de la lucha clandestina a la democracia liberal, que se ha llevado consigo, como un viento, no pocas esperanzas y contradicciones.

Tampoco comparte Manuel Rico, por otra parte, el concepto de escritura fácil que, tan asentada hoy, favorece la comodidad del lector. Una mirada oblicua, de acuerdo con las perspectivas y los puntos de vista de los personajes, combina, siempre con la transparencia oportuna, diversas formas textuales y personas narrativas que van desarrollando no sólo los puntos de vista del relato sino también el pensamiento y la reflexión de los personajes. Y esto, cuando se hace con habilidad y destreza, siempre se agradece.

Publicada en Diario 16. Diciembre de 1995.
Una mirada oblicua 

Por ÁNGEL BASANTA
 
“Todo me ha cogido a contrapié. Supongo que en la vida de todo hombre hay un momento en que te das cuenta de que vas con el paso cambiado. De que no te apetece acompasarlo. Que tu momento se fue a la mierda.  Que llegaste a la estación cuando del tren tan sólo quedaba un resto de humo, un eco de hierros renqueantes en la lejanía» (pág. 101). Estas reflexiones anotadas, sin fecha, entre los fragmentos del diario del protagonista recogen con sinceridad el sentimiento de fracaso existencial que embarga la actitud de Esteban en Una mirada oblicua, cuarta novela de Manuel Rico (Madrid, 1952). Las citadas consideraciones de Esteban Neira se completan y a la vez se amplían con ayuda de otras expuestas por su mujer, cerca ya del final de la novela, cuando, después del reencuentro de ambos entre las ruinas de una antigua fábrica de cervezas, Andrea reconoce la derrota de sus proyectos vitales en palabras que igualmente ilustran el naufragio de toda una generación, la del autor: «Hemos crecido entre mitos y un buen día los mitos se van a la mierda y nos quedamos mirando al tendido con cara de imbéciles. Yo creo que eso es lo que nos ha ocurrido en estos años» (pág. 239).

Estos años coinciden con la década que va desde 1981 hasta 1991. Pues la historia novelada comienza la misma noche del fallido golpe de Estado el 23 de febrero, durante la cual Esteban y Andrea se refugian con un amigo en una casa de la sierra, Si aquella intentona militar contribuyó, con su fracaso, a la definitiva consolidación de la democracia en España, los acontecimientos históricos y políticos que siguieron marcaron profundamente el destino de muchos españoles, en especial de los que vivieron en su juventud la utopía del 68. Aquí están representados por los personajes del triángulo amoroso principal, en torno al que se desarrolla la trama: el arquitecto Neira, cuyos propósitos de conseguir una ciudad más humanizada en su remodelación urbanística acaban degenerando en la resignada restauración de ruinas en pueblos de la provincia; un sociólogo reciclado en la Universidad americana y dominado por el alcohol; y la psicóloga Andrea Santos, atraída sucesivamente por el reto de conseguir la curación de los dos hombres que se meten en su vida, sin lograr el equilibrio con ninguno. Al final todo se diluye en el incierto destino de Esteban y Andrea, de nuevo juntos y derrotados por la vida, y en el pragmatismo de Germán, liberado del alcohol por el éxito en sus negocios. La ciudad es Madrid, nunca nombrada pero reconocible en su geografía. En este espacio real desfigurado se hace hincapié en la relevancia simbólica del río, que separa los barrios de las afueras, donde la miseria contrasta con la riqueza del centro. Poco se ha cambiado en muchos aspectos, al menos según la perspectiva de los personajes centrales. Incluso a la altura de 1991, año en que se sitúa el presente narrativo desde el que Esteban escribe su cuaderno autobiográfico, con interpolación de fragmentos del diario escrito a lo largo de los 80. Uno y otro rezuman desencanto y aceptación del fracaso. Porque Esteban escribe para explicarse a sí mismo como náufrago a la deriva y en relación con quienes lo han acompañado en el viaje. Por eso su visión se retrotrae a los años del franquismo, a una juventud curtida en la rebeldía y en la esperanza, que, con el tiempo, han sucumbido en el presente entierro de sueños e ilusiones. Si antes se refugiaba en la lectura, ahora, en perfecta correspondencia, busca consuelo en la escritura, con la explícita compañía de una novela de Max Frisch, No soy Stiller, como referente literario de la impostura, y del Libro del desasosiego, de Pessoa, como muestra de su actual desorientación. Aun siendo el dominante, el punto de vista de Esteban no es el único. En varios capítulos, ordenados de cuatro en cuatro, se incluyen las anotaciones del diario de Andrea, que sirven de complemento al cuaderno de Esteban. Y las dos perspectivas quedan enmarcadas por la intervención de un narrador externo que cuenta, en tercera persona, el capítulo primero y los tres últimos, dos de éstos con la colaboración de Esteban y de Andrea. Esta diversidad de voces y de visiones en la articulación narrativa permite abordar las peripecias Individuales desde ángulos diferentes y entroncarlas con un alcance generacional sin forzar la verdad de la historia.

ABC Cultural. Noviembre de 1995.

Una mirada oblicua / Manuel Rico / Primera edición, en Planeta / Barcelona, 1995 / Edición revisada y corregida, en versión digital.    

domingo, 27 de abril de 2014

"Los espejos y el tiempo", crítica publicada por Manuel Vázquez Montalbán en 1997 a "La densidad de los espejos"

Cumplidos ya los 30 años, de pronto, sucede la memoria. Se ha construido con nuestra ayuda y con la de los otros, y contribuyen a convocarla los espejos donde el llamado otro yo  se aleja de quien y como creemos ser. Manuel Rico se hace responsable de seis libros de poemas y como novelista ha forcejeado con las estrategias narrativas dominantes en un doble empeño de reivindicación de la memoria crítica y de perplejidad ante los laberintos de la conducta. Su poesía y su novela se comunican, como ocurre en todo escritor que en el laboratorio de las palabras encuentra las piezas del mundo como revelación y no simplemente eufonías o polisemias caprichosas. El escritor-personaje se desvela a sí mismo al desvelar la otredad, escriba poesía o escriba novela.

 La densidad de los espejos fue premio Juan Ramón Jiménez, uno de los más serios premios de poesía de España y aparece publicado en la colección dirigida por otro poeta, Juan Cobos Wilkins. Premiar este libro representó en su día una ratificación de la poesía desadjetivada en tiempos en que la poesía española pasa por una de sus etapas más ricas e interesantes, pero también más tontas. Entretenida en antologías convertidas en razzias de ausencias, militantes en causas tribales poscómicas, la poesía de vez en cuando tiene que autoconcederse treguas y premiar a un poeta verdadero. Es el caso. Poeta de la memoria más que de la experiencia, aunque toda experiencia pase por el trámite de la estilización subjetiva antes de ser memoria. Rico construye una verdadera narración poética a partir del espejo como interlocutor traidor. "Es la luz enquistada que nos habla de otros" y entre ellos está el uno mismo, esa mismidad que como en los boleros se busca toda una vida y no se encuentra. El espejo como luz.de terror que conduce al conocimiento de! sí mismo para la muerte, aunque el poeta renuncie a la morbosidad de esa evidencia y reclame del espejo la noción neoplatónica de las dos caras, la una vuelta hacia la representación del paso del tiempo, de la vejez, de la muerte, y la otra hacia la inteligencia, la introspección, la situación entre los otros, la historia.

No hay memoria personal sin subjetividad, pero no hay memoria personal orientada si no asume la Historia, incluso sin entusiasmo, porque tal vez pasaron los tiempos en que se asumía la Historia con entusiasmo. La Historia..., "... esa región terrible que extendieron los siglos / el fuego del origen, la huella o el estigma en que reconocernos / Lefevbre, Pirenne, Hobsbawn y tantos otros / arañaron los muros que habían erigido / los propietarios de la muerte", la Historia tal vez aporte como mejor herencia la pulsión de buscar lo imposible para conseguir lo posible. El poeta, que ha comenzado su viaje ante el espejo traidor contándose su historia y que ha abordado la relación entre historia personal e Historia, llega a la asunción de su conciencia, es decir, de su consciencia construida como las esculturas y los poemas vaciando volúmenes, masas verbales, creencias..., "... gestos y palabras que hoy sientes inquilinas". El poeta-personaje que una noche de 1969 abandonó disidente el salón donde su padre contemplaba fascinado la llegada yanqui a la luna termina su relato casi refugiado en una casa de campo que fue el sueño de su padre..., "... custodiando los restos / de un universo roto por otras exigencias".

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

 Publicada el 1 de noviembre de 1997 en El País.

La densidad de los espejos / MANUEL RICO / Nueva edición, revisada y ampliada, a los 20 años de la concesión del Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez. El Sastre de Apollinaire. Madrid, 2017-

domingo, 5 de enero de 2014

Reseña sobre "Fugitiva ciudad". Luis Bagué Quílez

En el XX, la ciudad fue escenario da las distopías fabriles, la apoteosis capitalista y una convivencia ambigua. Desde el laboratorio óptico de Poeta en Nueva York hasta la construcción discursiva de una “ciudad del hombre” (Fonollosa), el espa­cio urbano ha registrado las mutaciones de la vida social y del trasmundo psíquico. Fugitiva ciudad reclama un lugar destacado en esa línea. Supone una valiosa aportación al tema de la ciudad como ámbito de la educación sentimental y campo da batalla de las contiendas colectivas. Entre el retablo humano y el pormenor biográfico, la sensación da intemperie se proyecta sobre la iconografía de la periferia y el clima moral del desencanto. El mal del siglo XXI expande sus síntomas a un remozado inventario de lugares (poco) propicios al amor, al frustrado sueño de una aldea global o a las ruinas quevedescas que se ocultan bajo el skyline de la modernidad: “Ah de las calles solas, llenas / de amaneceres sucios”. De este modo, la memoria privada se inserta en una crónica universal. El regreso a la capital del dolor (‘Campos de trabajo. Las huellas’) o la continuidad de los “tiempos infames” (‘Tarde de guerra en Irak’) dan testimonio de la dimensión política de la  identidad. Así lo certifica ‘Formentor, medio siglo. 1959-2009’, escrito bajo la advocación de Gil de Biedma y el conmovedor réquiem ‘En la tumba de Gramsci’. En suma, el fláneur posmodemo de este libro personifica los trasbordos de un cora­zón que “viaja en cercanías” y se reconoce en el ADN de la condición urbana: "Soy / de una plaza cualquiera de una ciudad sin nombre”. 


Publicada en Babelia / El País. Sábado, 16 de enero de 2013

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Crítica a "Fugitiva ciudad", por Elena Felíu Arquiola

El último libro de poemas de Manuel Rico, ganador del Premio Inter­nacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana 2012, continúa la senda iniciada por este autor en poemarios anteriores, aun­que presenta también nuevas perspectivas que lo dotan de singularidad respecto de obras previas. Entre los aspectos que los lectores habitua­les de Manuel Rico reconocerán en Fugitiva ciudad destacan, por ejem­plo, el tono reflexivo, el decir sosegado y la mirada serena. También encontrarán la presencia reiterada de imágenes que se aproximan a lo simbólico: si los trenes, vagones y estaciones, así como los momentos crepusculares, recorrían las páginas de De viejas estaciones invernales, en el caso del libro que ahora nos ocupa es la ciudad la imagen simbólica que se repite. Se trata de una ciudad compuesta de muchas simultá­neamente —menciones a Madrid, Barcelona, Viena, Roma o Frankfurt, entre otros enclaves urbanos, surgen aquí y allá a lo largo del libro—, que podría representar no ya una dimensión espacial sino, como suele ser habitual en la poesía de Manuel Rico, una dimensión temporal: el tiempo pasado, la memoria individual y colectiva, la historia personal y social. Y es precisamente la sabia combinación de estas dos dimensiones —la íntima y la colectiva— lo que singulariza este libro en relación con otros precedentes, en los que quizá la mirada del poeta, sin olvidar nun­ca el entorno, se centraba sobre todo en la realidad personal e interior, en la memoria de un solo individuo.

Fugitiva ciudad se estructura en cinco partes de extensión desigual, precedidas de un poema titulado «Casi un preludio»: «De los barrios inciertos» (17 poemas); «Días en ti con música de fondo» (11 poe­mas); «Más allá de las patrias» (17 poemas); «Formentor, medio siglo. 1959-2009» (3 poemas); «Donde agonizan los deseos» (5 poemas). Las secciones primera y tercera, las más extensas, combinan recuerdos in­dividuales (la infancia, la adolescencia, la orfandad en la madurez, la pérdida de algunos amigos como Diego Jesús Jiménez, Dulce Chacón o Manuel Vázquez Montalbán, el encuentro con Juan Gelman) con acon­tecimientos históricos (la caída del muro de Berlín, la guerra de Irak) o sus vestigios (campos de trabajo en la Sierra de Madrid). Entre ellas, se extiende una segunda sección en la que la memoria ni es solo individual ni es plenamente colectiva, sino compartida con otra persona, la mujer amada. En la cuarta sección se recuerdan las Jornadas Poéticas de For­mentor de 1959 y la celebración de su cincuentenario en 2009, mientras que la quinta está compuesta por cinco sonetos, el último de los cuales da algunas de las claves del poemario (así, el poema atestigua «[...] las edades / que cruzamos a ciegas o la exigua / señal de un tiempo roto»).

Varios son los mecanismos que dotan a Fugitiva ciudad de cohesión interna. Además de la ya mencionada combinación de lo íntimo y lo colectivo o del tono reflexivo, casi elegiaco, que impregna las distintas composiciones, cabría señalar la imagen del extrarradio como símbolo de los márgenes de la vida-ciudad («en los bloques que dan al descam­pado»; «crecen en las afueras / donde antaño lo hicieron vertederos y cardos»; «Era en la nebulosa de los barios inciertos / de todas las ciu­dades donde vivió la infancia»; «las marquesinas últimas de las para­das últimas / de aquellos autobuses de las horas finales»; «inquilinos forzosos de los barrios extremos»; «las últimas calles / de una ciudad soñada»; «un noviazgo crecido en el suburbio»; «el muchacho ya viejo / que amó las periferias / urbanas y mortales», etc.) Igualmente destaca la constante mención de coordenadas temporales que van surgiendo en los distintos poemas sin orden cronológico (años 50, 2008, 1989, 2005, 1998, 2009, 2003, 1975, 2006, 1976, etc.), como reflejo de la —solo apa­rentemente— caótica y caprichosa actividad de la memoria.

Aunque pudiera resultar paradójico, queremos terminar esta rese­ña con la dedicatoria que figura al inicio de Fugitiva ciudad: «A Malva y José Manuel, mis hijos. A su generación maravillosa y golpeada», pues creemos que en ella Manuel Rico ha sabido enlazar con precisión y hon­da ternura los dos ejes —individual y social, íntimo y colectivo— sobre los que gira su libro, sobre los que rota simultáneamente manteniendo con maestría el equilibrio entre ambos.

Publicado en Revista PARAÍSO. Número 9. Año 2013. Págs. 140-141. Octubre de 2013. Jaén.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Manuel Rico retiene con fuerza la memoria en su "Fugitiva ciudad". Por Miguel Veyrat

La certeza futura anida
en las verdades de la memoria
M. Rico
Ayer mismo tomaba yo unas notas en mi cuaderno de poeta. Por ejemplo escribía: “Yo vivo en la lengua, hablo con la vida misma. Y hablo porque la vida no me basta”. Pensé en un primer impulso convertirlas en la apertura de un poema por escribir; pero ya tenía en mente y sobre mi escritorio el último libro de poesía publicado por Manuel Rico, Fugitiva ciudad (1) y él debía ser su primer destinatario. Porque también pensé que el mejor psicoanalista no lograría jamás establecer con exactitud cómo se dan los millones de asociaciones por nanosegundo que se ejecutan en las neuronas de un escritor… hasta hallar las palabras exactas que detallen causas y conclusiones de su propia vida en la sublimación escrita que se propone extender. Es más, creo que Manuel Rico (2) vive permanentemente en el lenguaje literario e ideológico y lo usa como elixir vital porque la propia vida no le basta, a pesar del amor por ella que derrama constantemente. Es uno de esos hombres de letras imprescindibles que providencialmente da una generación: Narrador de éxito en todos los géneros —a los que acaba de agregar el dietarismo resucitado por la moda editorial; poeta, periodista, militante político y social, diputado electo, crítico literario, agente cultural y director de una de las más prestigiosas y limpias colecciones de poesía en esta España de literatura vendida permanentemente al mejor postor.

Tumba de Antonio Gramsci, en Roma, motivo de uno de los poemas
de Fugitiva ciudad
 
Es pues éste un libro escrito por Manuel Riconel mezzo del cammin” de una vida vivida con plenitud sobre la práctica del lenguaje literario; más dantesco que machadiano, pues en su escritura no se cierran las estelas que abre su propia su propia quilla al dejar atrás la singladura—personal y colectiva— ya cumplida, para contemplarla meramente desde el acantilado al que llega en este libro; intenta por el contrario, desde lo alto, un descenso a los infiernos atisbados entre la monotonía del tiempo reseco del franquismo aliviado por los estiajes de una militancia clandestina. Es un libro que servirá para apoyar datos en su paradigma correlativo a los micro-historiadores que desde hace apenas medio siglo incorporan los hechos y emociones cotidianas narradas por poemas, novelas y periódicos. Mas para empuñar el gobernalle de un nuevo impulso en busca del sentido de su vida futura en lo desconocido, se apoya firmemente en un pecho amigo largamente estudiado y estrechado: aquel Manuel Vázquez Montalbán que comenzó a levantar, junto con algunos otros pocos, el borde de la manta que encubría nuestra miseria de españoles secuestrados. Y así, la primera parte del libro, en “los barrios inciertos”, se encomienda al gran poeta, periodista y militante antifascista que fue Vázquez Montalbán en sustancioso epígrafe tomado precisamente del libro de 1997 titulado Ciudad:

Pero sólo serás libre al llegar a Memoria
la ciudad donde habita tu único destino
el frío aguarda más allá de las patrias
más allá de los nombres conocidos.

Para avanzar, nunca olvidar lo cierto, sus verdades: esa patria que jamás engaña. Servirá pues para el empeño el sobrevuelo sobre lo “fugitivo” del recuerdo en la ciudad habitada antaño para conocer las ansias y escenarios de aquellos hijos de los perdedores de la guerra civil, que creyeron en la farsa de la sucesión ordenada al franquismo y cuyas cloacas comienzan a aflorar en nuestros días. Manuel Rico, para intuir cuál será a partir de ahora su destino viaja por las calles de su aprendizaje en el sentido del “efecto mariposa”; así se acerca a lo global de las ciudades y sucesos míticos que le marcaron desde el diminuto punto de partida del barrio donde nació y vivió como niño, adolescente y ahora adulto: el muchacho ya viejo que amó las periferias/ urbanas y mortales, intentando atrapar/ la sombra de un poema.

Un Madrid que se extiende y encoge alternativamente en el recorrido sentimental donde “Memoria” le lleva a los escenarios más íntimos de su estado de crisálida, como el humilde cuarto de una casa de citas  donde la carne se le encoge en el recuerdo de una breves bragas aún temblando de carne nueva… o en los domingos de una periferia pequeño burguesa y aburrida, tanto como “un día no laborable en el polígono industrial”, los ecos del Bukowvsky recién leído por el “huidizo muchacho”, los recorridos en trenes de cercanías con “el corazón desamueblado”, el entierro de un entrañable amigo o la soledad que atrapa el pecho a la cabecera de la madre muerta. Establecido ya el escenario para dar respuesta adecuada a los citados versos de quien hará el papel de Virgilio en tal viaje; tras conjurar el peligro del olvido —(…) El viento se deshace/ en la orfandad sin viento que vive el sustantivo,/ en el lugar nombrado o en la tierra/ de lo innombrable, de lo deshecho o roto, de lo humillado—, el poeta comienza precisamente su libro con esta evocación: 

Era en la nebulosa de las calles
de una ciudad tendida,
como ropa al sol, tras la ventana abierta
al resplandor del miedo. (…)

Y las páginas van abriendo en pleamares la lenta progresión de la vida de un hombre que ya se siente con la capacidad de poner sobre la mesa sus actos y contemplarlos con voluntad analítica, siempre en la inabarcable duda acerca de adónde le llevará el futuro; quizás allá mismo Donde agonizan los deseos, como en la confesión que cierra las guardas. Entre la decepción reflexiva de la colección de poemas también sabremos de otras ciudades que afincaron la realidad histórica en su frente, fijando lo fugitivo del pasado en la lenta progresión de sus certezas ideológicas,  en la conciencia crítica y madura: los años de plomo que se replican en Roma musitando acaso los versos de Pasolini rescatados de “Memoria” ante la tumba de Gramsci, aquél que iluminaba/ ciudades sin escoria en los “Cuadernos/ de la cárcel” (…) ; en la cena en Frankfurt con Juan Gelman, por la risa compartida “contra la incertidumbre de una Europa cobarde” y que el autor aprovecha para el recuento de los amores que también marcaron su quehacer literario, Gabo, Blas de Otero, Haroldo Conti con los que recupera el Silencio de pana y de ternuras/ de divisorias rotas, de fronteras/ que se deshacen/ al comprobar con sereno desengaño que sus propios fantasmas, sus demonios, sus terrores pequeños de “viajero que huye” para no volver en el aroma del viejo tango, no fueron patrimonio  exclusivo de su ciudad fugitiva; que el fermento de la nostalgia se halla siempre bajo los adoquines de cualquiera de las ciudades visitadas donde yace siempre contrariado por la Historia el espíritu  de toda primavera política y social —como aquel mítico ‘68 que su generación no pudo cumplimentar.
 
Capítulo esencial de esta elegía distribuida en poemas de diversa factura —que alcanza incluso arquitectura y metro de soneto en las páginas finales—, y que merece ser resaltado junto al recorrido por las pasiones con más calor guardadas como música y pintura, será el tributo que rinde Manuel Rico a la amistad, una de sus virtudes humanas esenciales. Ellos, sus amigos como el ya citado Manolo Vázquez Montalbán, Dulce Chacón o Diego Jesús Jiménez, aportan  en los versos que les dedica el complemento emocional indispensable para apuntalar “las verdades de la memoria” sobre las que ha reconstruido su trayectoria existencial de “Homo Viator” —como lo hubiese llamado aquel Gabriel Marcel conciliador entre el sentido de los dos itinerarios posibles para el Ser que trazaron  Sartre y Heidegger. Entre la Nada y el Tiempo, Manuel Rico decide final y humildemente  su propio camino: Clausura por de pronto el presente tramo de calzada con una reflexión que es “Herma”, al tiempo que  mojón poético  respirando exacto en sus vestiduras clásicas:

No revela el poema necedades
sino rastros de una verdad antigua.
Cruza puertas y muros, atestigua
temblores del idioma, salvedades.

Que olvidamos a veces, las edades
que cruzamos a ciegas o la exigua
señal del tiempo roto: así es de ambigua
la lengua entre los versos. Las verdades

en el miedo se esciben o en el gozo.
Son realidad y vida, no poema.
Este miente y araña y así enciende

El núcleo de la nida, el turbio esbozo
de los sueños ajados, el emblema
de lo extraño, la luz que nunca ofende.

(1) Fugitiva ciudad. Premio Internacional de poesía Miguel Hernández. Hiperión. Madrid, 2012

 Publicado en Ojos de papel el 10 de noviembre de 2012

 

domingo, 6 de octubre de 2013

"Los sótanos de la ciudad". Por Rafael Suárez Plácido.

Crítica a Fugitiva ciudad.

Cuando hablamos de conocer una ciudad, nos estamos refiriendo a su casco antiguo o, a lo sumo a un barrio concreto, reconocido o reconocible por algo. Pocas veces caemos en la cuenta que las ciudades que vemos no son sino la parte visible de un iceberg, que oculta mucho más de lo que nos ofrece. En la portada de este libro, hay un dibujo de una línea de horizonte, o del cielo, de cualquier ciudad moderna actual y de un espacio por abajo, que podría simbolizar todo aquello que no se ve fácilmente, ni con una visita. A veces, la forma de reconocerlo es haber pasado un tiempo allí, otras veces, haber leído una obra que tenga sus raíces en esa misma ciudad y el momento de confirmar eso que se ha leído, ese sí, ha de ser una visita –al menos una visita- a la ciudad. El autor del dibujo es José Manuel Rico, una de las dos personas a quienes está dedicado este poemario de Manuel Rico. ¿Quién es Manuel Rico? Es muchas cosas (poeta, narrador, editor, crítico…) pero para mí, además de todo ello, es el editor de la Poesía Completa de Manuel Vázquez Montalbán, uno de mis poetas y prosistas favoritos de la literatura española de la segunda mitad del siglo pasado, que también fue muchas cosas y que, quizás por ello, vio como su poesía –sin duda, parte esencial de su obra- quedaba en un discretísimo segundo plano, quizás también como la parte oculta, mucho mayor que la visible, del iceberg de la portada. También Vázquez Montalbán escribió un poemario titulado Ciudad y con unos versos suyos inicia Manuel Rico la primera parte de este poemario. Son cuatro versos, pero en los dos primeros adivino buena parte del significado de este libro: “pero sólo serás libre al llegar a Memoria / la ciudad donde habita tu único destino”. Memoria y ciudad. Memoria y Fugitiva ciudad: Memoria también fugitiva. No se trata de una ciudad con sus calles más céntricas ni monumentos más conocidos, aunque en muchos de estos poemas se reflejen las calles del Madrid natal, especialmente en la primera parte, o de la Barcelona donde se conocieron otras experiencias posteriores. La ciudad fugitiva es una serie de ciudades en las que se han recordado libros o versos o autores que han ido creando la figura del lector que es la base de todas las figuras posteriores. Pero vayamos por partes.

Grafiti en un solar del barrio de Carabanchel
El gran tema del libro es la Memoria. El autor desea transmitir a la generación que sigue a la suya, la generación de sus hijos, su Memoria personal, una especie de Crónica sentimental. Para ello va a utilizar la Poesía. Y considera, acertadamente en mi opinión, que para entender todo lo vivido cabalmente hay que remontarse al 39. La idea del fugitivo, el viajero que huye o que trata de huir del viento frío que le persigue a todas partes, porque incluso forma parte de él mismo, está asociado a Walter Benjamin, que aparece en el primer poema, “Casi un preludio”, en el que ya encontramos al Manuel Rico que se alinea con los perdedores, con los que siempre salieron derrotados al exilio o incluso a la muerte: “… El viento / de la orfandad de Benjamin y el viento del exilio, / de nocturnos de hollín en la Francia del sur/ del año 39”. La “Francia del sur del año 39” fue –no lo olvidemos- la España del norte que recién salía de esa guerra fraticida y que iba a marcar para muchos el inicio de esa generaciones de españoles perdedores en todas las batallas. Fue la misma España que acabó con el sueño de la libertad de Benjamin, que falleció en condiciones nunca suficientemente aclaradas en un pueblito del Pirineo, cuyo nombre quedará unido para siempre al final de la vida y de la libertad, convirtiéndose en un símbolo que íbamos a llevar tatuado en la piel y que aún llevaremos, mientras habitemos los pasajes de la memoria, quién sabe cuánto tiempo.

El libro está dividido en cinco partes que están ordenadas cronológicamente. De ellas, la primera, “De los barrios inciertos” y la tercera “Más allá de las patrias”, tienen en común que sus poemas llevan título y parece que forman parte de un proyecto de obra común, el de esa “fugitiva ciudad” del título, más en la primera parte que en la tercera. Pensemos que es Madrid o Barcelona, pero también Roma, Berlín, Viena o Frankfurt. Esa ciudad-iceberg que navega a la deriva por aguas casi siempre heladas al destino que ya todos conocemos. Son poemas que están impregnados de lo social y que siempre hacen referencia a un hecho o a una historia marcada por la derrota. No se trata sólo de la cara más conocida de esas ciudades, al contrario, nos movemos por polígonos industriales, barrios periféricos, bares del miedo, trenes de cercanías o hipermercados.


“De los barrios inciertos” trata de sus padres, de la infancia y de los primeros años de formación que llegaron con las inolvidables primeras lecturas, poesía y ensayo, Sharon Olds, T. S. Eliot, A. Gramsci y C. Pavese. En la segunda parte, “Días en ti con música de fondo” asistimos a un libro nuevo, en el que el protagonista es el descubrimiento del amor y el escenario, Barcelona. Son versos de amor y de batalla, que presagian esa otra batalla que trata de conseguir la dignidad para los suyos, para sí mismo. Y de eso trata la tercera parte del libro, “Más allá de las patrias”, donde se consolidan esos primeros esbozos de juventud, donde el poeta maduro reconoce con sus propios ojos el mundo, más poesía, más luchas desiguales, a más perdedores y consolida su formación como escritor, llegando hasta los años inmediatamente anteriores a los que vivimos, de los que se trata en la quinta parte, una serie de sonetos a la manera del Blas de Otero de Ángel fieramente humano, sobre el presente sin la carga de espiritualidad que nos ofrecía también el gran poeta vasco.

El poema “Nebulosa”, que inicia la primera de esas partes, ya nos va aclarando cuáles van a ser los rasgos más destacados del libro: formalmente, el uso del encabalgamiento, a veces, abrupto; la adjetivación sonora y, muy especialmente, las enumeraciones (sustantivos, adjetivos, oraciones subordinadas, verbos). Muchos de los poemas son enumeraciones, a veces caóticas, pero normalmente ordenadas in crescendo a partir de las que va tomando forma la historia, porque siempre hay una historia detrás. No es difícil reconocer las lecturas asimiladas del omnipresente Vázquez Montalbán, gran poeta español de la Ciudad y la Memoria, y también con esa adjetivación tan rica, que también encontramos en la otra gran influencia, Jaime Gil de Biedma, a quien cita al empezar la cuarta parte del libro: “Formentor, medio siglo. 1959-2009”, un homenaje a lo que supuso una puesta al día en la poesía española, la primera que se produjo desde la generación del 27, en esa generación del 50 que tomó la bandera de la poesía social. Del mismo modo, van asomando otras influencias a las que va citando, la mayoría de ellos poetas. Y los cita porque la literatura forma parte de la vida de Manuel Rico. Muchas veces la literatura es la vida y el poeta quiere dejar constancia de ello. Ya hemos citado a Walter Benjamin, que para muchos es poeta antes que pensador. Pero también cita a Handke, a Vicente Gaos, a Antonio Machado; y a algunos amigos como Gelman, Diego Jesús Jiménez y Dulce Chacón. Casi todos ellos han sido, algunos son aún, de esa raza de los que nunca ganaron nada más que lo que fueron capaces de escribir, a veces, con su propia sangre. de los que sólo ganaron un lugar en nuestra memoria. Es posible que esa línea más social de la poesía española del siglo XX: Antonio Machado, Blas de Otero, Gil de Biedma y Vázquez Montalbán tenga su continuidad en poetas como Manuel Rico que en esta Fugitiva ciudad plantea con éxito el proyecto de poesía total, poesía de la Memoria.

Publicada en el blog "El describrimiento del Bósforo", de Rafael Suárez Plácido.


jueves, 3 de octubre de 2013

Sobre "Fugitiva ciudad", por Juan Carlos Ortega

Reseña sobre Fugitiva ciudad
 
Madrid es esa ciudad fugitiva, ciudad del presente del poeta, ciudad del siglo XXI, ciudad para jóvenes que hierven de sueños y promesas y ciudad de viejos temerosos de muerte y existencia, de mujeres con bolsas rebosando lechugas y hombres firmando una quiniela o jugando en su móvil, ciudad de cines donde pasan películas de Bergman y de exposiciones de Evard Munch, ciudad de bares, de tiendas de todo a cien, de Mc Donalds donde los amantes furtivos se encuentran y buscan el paraíso de una felicidad transitoria, ciudad de sábados en el hipermercado y domingos fríos de invierno leyendo poemas que ofrecen recetas para engañar al tiempo.

El poeta pertenece a su ciudad. “Soy de la plaza / de España”. “Soy / de una plaza cualquiera de una ciudad sin nombre / donde a veces se odia tanto como se ama”. Aunque esta ciudad está hecha de muchas ciudades: Berlín, Frankfurt, Roma, Bagdad, Viena, Barcelona. En todas ellas se respiran las mismas soledades, las mismas quimeras.

Pero no son solo las imágenes coloridas del presente las que el poeta atrapa en la sombra de sus poemas. La memoria del poeta también nos traslada al Madrid de los años 50, a un lugar de miseria y supervivencia, de miedo y derrota, una infancia de madres mudas y padres aterrados. Tiempos de zozobras e impotencia, donde los derrotados buscan refugio en los “bares del miedo” de la alargada estirpe de aquellos que vencieron. La memoria es, de hecho, uno de los ejes vertebradores de este libro y también una de las constantes de toda la poesía de Manuel Rico.

Fugitiva ciudad. Manuel RicoEn el poema titulado “Momentos de Viena en 2005” el poeta habla de la “desmemoria”. Viena es una ciudad donde el presente luminoso, apacible, pulcro, parece haber olvidado la Historia, los trenes del terror, el llanto, el miedo, el silencio. Igualmente en el poema titulado “Campos de trabajo. Las huellas (Sierra Norte de Madrid)” el poeta nos habla de la sierra de sus veraneos, donde asoman monumentos, junto a pueblos que el terror enmudeció. En ellos pervive “la asustada memoria de los que vivieron poco y sufrieron lo indecible / junto a los muros de la desvergüenza”.

La España turbia de los años 50 y un pasado menos lejano se entremezclan en “Tarde de guerra en Irak”. El poeta camina con su hijo a la sombra del edificio Reina Sofía, donde la gente clama por la paz, lo que le lleva a rememorar al niño que fue y la huella de sufrimiento que dejaron en él aquellos “tiempos infames”, porque “Mas allá de las patrias” aguardan los mismos muertos, los mismos huérfanos, las mismas soledades, los mismos abismos.
 
En otros poemas aparece también la añoranza de aquellos tiempos de adolescencia y juventud incandescente, tiempos de ensoñación y fantasía, de pitillos robados, de futbolines, de cines de sesión doble, de amores primerizos, de cremalleras torpes y manos inexpertas, de muchachas que debían regresar a casa antes de las diez, “de bolsillos / vacíos de monedas y repletos de vida”. Una vida irrepetible en aquel barrio de la periferia que le vio crecer.

En el hermosísimo poema “El barrio que fue mío” el poeta evoca su antiguo barrio. Aunque la gente diga que ya no existe, que “máquinas sin memoria hicieron de él escombros”, no es cierto. El barrio de su niñez y su juventud sigue existiendo en el poema. Vive, por supuesto, en su memoria.

También a su memoria acuden los amigos entrañables del pasado. En “Recuerdo del poeta. El primer encuentro” el poeta rememora al amigo y compañero de sueños y oficio, Manuel Vázquez Montalbán. La noticia de su muerte en Bangkok, recibida “como un baldón de fiebre”, le trae a la memoria su primer encuentro en el hotel Palace de Barcelona, las historias compartidas y los lazos que les unieron para siempre.

En “Cena en Frankfurt” nos habla de su cena con el también poeta Juan Gelman, la charla sobre sus demonios, sus fantasmas, sus temores, los amigos comunes, Gabo, Blas de Otero… Y entre risas y cervezas, el poeta “gelmanea”. Maravilloso vocablo.

Y es que el léxico de Fugitiva ciudad es fértil y al tiempo familiar, sencillo, próximo. Estamos ante un libro que ética y estéticamente resulta emocionante. Un libro que aspira a la cercanía, sin renunciar a una forma trabajada, cuidada y, ciertamente, brillante.

                                                   EL BARRIO QUE FUE MÍO

                                                   Hay una luz seca y sombría
                                                   temblando en las esquinas del verano
                                                   del barrio que ahora evocas.
                                                   Dicen que ya no existe: mienten.

                                                  Que es tierra silenciada y que es vacío: mienten.

                                                   Fue lateral ciudad a medias, turbia
                                                   lonja del desamor y, a veces,
                                                   del desacierto y de la no esperanza,
                                                   de la flor rota y de los entusiasmos,
                                                   del párpado quemado y de la voz más limpia.

                                                   Existe aquí, se crea y vive con la letra
                                                   que atañe al corazón y a veces lo equivoca.
                                                   Aquí crecen las calles amigas de la sombra
                                                   y de la luz de agosto.

                                                   Aquí, en esta tierra de palabras y dudas,
                                                   de tiempos asustados por el límite,
                                                   vuelve, lento, aquel barrio
                                                   del niño que creíste inamovible y tuyo:
                                                   tiendas de coloniales, fruterías,
                                                   el viejo estanco y el lugar del vino
                                                   y los alcoholes, tu primer deseo
                                                   y tu ilusión penúltima.

                                                   Dicen que una tarde de octubre
                                                   máquinas sin memoria hicieron de él escombros,
                                                   lo dejaron sin luz y sin sentido.
                                                   Mienten: vive aquí, en estos signos
                                                   que lo sueñan y encienden
                                                   sin que nadie te vea.

Publicado en la revista digital TRAVELARTE el 18 de noviembre de 2012