El 23-F y Max Frisch
Antiguos militantes antifranquistas en crisis de identidad protagonizan la nueva novela de Manuel Rico.
Por MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

La posición moral del protagonista se parecería a la de esos personajes de Mercedes Soriano, miembro de casi la misma promoción bioliteraria de Rico, forzados a encerrarse con el yo como un solo juguete después de haber vivido arropados en el nosotros de la utopía emancipatoria. Esa utopía emancipatoria ya es pasado cuando Esteban Neira empieza a existir como héroe literario dotado de mirada oblicua y, por tanto, distorsionadora de su propia realidad y de la que comparte. Estamos en presencia de una novela según las claves del conocimiento intelectual de la vida a través de la novela, una tendencia literaria que coexistió con buena salud en los sesenta con los alardes tecnológicos derivados del nouveau román. Los personajes no disimulan su cultura de letraheridos (habría que asumir de una vez en castellano este catalanismo derivado de lletra-ferits), es decir, esas personas obsesionadas por la literatura hasta el punto de sufrirla como una herida de la que no desean sanar. Reordenan el conocimiento de sí mismos con la ayuda las más veces de Frisch, otras de Pessoa, dentro de un tiempo convencional no de ma¬duración, sino de aceptar la propia inmadurez. El cuarteto que protagoniza la novela hace coincidir su estrategia existencial con la propia estrategia narrativa del autor y de ahí que a pesar de todas las libertades que Rico se ha tomado sobre la cuestión del punto de vista, Una mirada oblicua propone la evidencia de que como lectores hemos sido seducidos por un punto de vista lógicamente oblicuo.
EL PAIS, 18 de noviembre de 1995
La duda bajo los pies
Rico describe la desorientación que desencadenó el golpe de Estado.
Por SANTOS ALONSO

Qué ha sido de estos hombres y mujeres es la pregunta que se hace Una mirada oblicua, cuarta de las novelas publicadas por Manuel Rico (Madrid, 1952), a través de sus dos protagonistas. Este tratamiento existencial de los personajes desde una perspectiva política y social, en la que los sucesos históricos determinan su destino o interfieren en sus contradicciones personales y en sus relaciones sentimentales, es, salvo escasas excepciones, poco frecuente en la narrativa española de hoy. Tal vez nuestros novelistas, azuzados por el complejo de provincianismo y de falta de imaginación, del que han sido tildados reiteradamente, prefieren no mojarse y escapar por los espacios y atmósf¬ras más placenteros de la fabulación.
Manuel Rico no comparte este concepto neutro de la literatura. Por el contrario, afronta con intensidad la indagación en la incertidumbre y la confusión, narrando la peripecia desorientada de Esteban Neira desde la noche del golpe de Estado hasta hoy, un camino tortuoso y desencantado para quien, como el mismo personaje manifiesta, cargó en las espaldas la desolación ajena que se incrustó en su carne en los años del oprobio y no entiende el futuro sin las viejas experiencias que suelen esconderse con mala conciencia a los más jóvenes.
La tranquilidad política, después de la tormenta y el insomnio, despierta en Esteban el desasosiego, hasta el punto de conducirle a la ruptura con Andrea y a una consiguiente excitación interior que le desequilibrará su visión de la realidad y sus fundamentos emocionales. Andrea, por su parte, tampoco se librará de la duda y de la búsqueda de explicaciones coherentes a su lugar en el mundo. Ambos personajes representan, sin duda, a una colectividad más o menos amplia que ha vivido, personal y socialmente, el desconcierto de un cambio tal vez superficialmente analizado hasta ahora, es decir, el paso de la lucha clandestina a la democracia liberal, que se ha llevado consigo, como un viento, no pocas esperanzas y contradicciones.
Tampoco comparte Manuel Rico, por otra parte, el concepto de escritura fácil que, tan asentada hoy, favorece la comodidad del lector. Una mirada oblicua, de acuerdo con las perspectivas y los puntos de vista de los personajes, combina, siempre con la transparencia oportuna, diversas formas textuales y personas narrativas que van desarrollando no sólo los puntos de vista del relato sino también el pensamiento y la reflexión de los personajes. Y esto, cuando se hace con habilidad y destreza, siempre se agradece.
Publicada en Diario 16. Diciembre de 1995.
Una mirada oblicua
Por ÁNGEL BASANTA

Estos años coinciden con la década que va desde 1981 hasta 1991. Pues la historia novelada comienza la misma noche del fallido golpe de Estado el 23 de febrero, durante la cual Esteban y Andrea se refugian con un amigo en una casa de la sierra, Si aquella intentona militar contribuyó, con su fracaso, a la definitiva consolidación de la democracia en España, los acontecimientos históricos y políticos que siguieron marcaron profundamente el destino de muchos españoles, en especial de los que vivieron en su juventud la utopía del 68. Aquí están representados por los personajes del triángulo amoroso principal, en torno al que se desarrolla la trama: el arquitecto Neira, cuyos propósitos de conseguir una ciudad más humanizada en su remodelación urbanística acaban degenerando en la resignada restauración de ruinas en pueblos de la provincia; un sociólogo reciclado en la Universidad americana y dominado por el alcohol; y la psicóloga Andrea Santos, atraída sucesivamente por el reto de conseguir la curación de los dos hombres que se meten en su vida, sin lograr el equilibrio con ninguno. Al final todo se diluye en el incierto destino de Esteban y Andrea, de nuevo juntos y derrotados por la vida, y en el pragmatismo de Germán, liberado del alcohol por el éxito en sus negocios. La ciudad es Madrid, nunca nombrada pero reconocible en su geografía. En este espacio real desfigurado se hace hincapié en la relevancia simbólica del río, que separa los barrios de las afueras, donde la miseria contrasta con la riqueza del centro. Poco se ha cambiado en muchos aspectos, al menos según la perspectiva de los personajes centrales. Incluso a la altura de 1991, año en que se sitúa el presente narrativo desde el que Esteban escribe su cuaderno autobiográfico, con interpolación de fragmentos del diario escrito a lo largo de los 80. Uno y otro rezuman desencanto y aceptación del fracaso. Porque Esteban escribe para explicarse a sí mismo como náufrago a la deriva y en relación con quienes lo han acompañado en el viaje. Por eso su visión se retrotrae a los años del franquismo, a una juventud curtida en la rebeldía y en la esperanza, que, con el tiempo, han sucumbido en el presente entierro de sueños e ilusiones. Si antes se refugiaba en la lectura, ahora, en perfecta correspondencia, busca consuelo en la escritura, con la explícita compañía de una novela de Max Frisch, No soy Stiller, como referente literario de la impostura, y del Libro del desasosiego, de Pessoa, como muestra de su actual desorientación. Aun siendo el dominante, el punto de vista de Esteban no es el único. En varios capítulos, ordenados de cuatro en cuatro, se incluyen las anotaciones del diario de Andrea, que sirven de complemento al cuaderno de Esteban. Y las dos perspectivas quedan enmarcadas por la intervención de un narrador externo que cuenta, en tercera persona, el capítulo primero y los tres últimos, dos de éstos con la colaboración de Esteban y de Andrea. Esta diversidad de voces y de visiones en la articulación narrativa permite abordar las peripecias Individuales desde ángulos diferentes y entroncarlas con un alcance generacional sin forzar la verdad de la historia.
ABC Cultural. Noviembre de 1995.
Una mirada oblicua / Manuel Rico / Primera edición, en Planeta / Barcelona, 1995 / Edición revisada y corregida, en versión digital.