lunes, 30 de abril de 2018

Cuatro críticas a "La densidad de los espejos" tras su primera edición en 1997.

Cuatro críticas a La densidad de los espejos en su primera edición: Salustiano Martín, Manuel López Azorín, Juan Manuel González y Antonio Garrido Moraga





Lucidez de la memoria

Por Salustiano Martín


Pocas veces, como en este libro, el poeta se enfrenta consigo mismo, con los recodos y caminos que lo han construido hasta éste que ahora toma recado de escribir para encon­trarse. Se siente abandonado por la energía que antaño puso en sus pa­sos, por la voluntad tozuda que bus­caba un horizonte menos innoble, por la seguridad ingenua que lo em­pujó cuando era joven. Se sabía de la estirpe de los expropiados y pensa­ba que sus manos debían contribuir al rescate: que el rescate era posible si todas las manos se juntaban para esa lucha. Ahora mira a su alrededor y no reconoce el paisaje; escucha las voces que le llegan y no entiende su sabor ni el ritmo que las sostiene.

El poeta se refugia entre las pa­redes que aún siente como suyas y los espejos le devuelven la imagen del que ahora es y no reconoce, en­tre la niebla de las horas perdidas y los accidentes del dolor. Se estudia en el espejo: a ver si puede salvarse de esta extrañeza absurda en que el presente se tambalea y parece que no haya futuro. La densidad de los es­pejos habla la verdad de su rostro, del brillo fácil en los ojos con que di­simula el abandono, de la difícil luz enquistada que dice de una sangre que ardía contra el miedo y la no­che. Ahí empieza a desgranar las pa­labras que lo escriben contra el de­sánimo y la huida. Ahí empiezan, implacables, los versos (hechos de gozo y sufrimiento, necesarios como la vida abandonada, piedras que restituyen el camino hacia un futu­ro que viene desde lejos) a recorrer el mapa obsceno de las añejas cica­trices que el espejo denuncia.



Manuel Rico lucha a contraco­rriente contra el olvido de las pu­jantes ilusiones que algún día nos sostuvieron contra la injusticia y ahora están siendo vendidas en cí­nica almoneda. Los trozos de ver­dad con que enuncia sus raíces de­be arrancarlos de entre los restos podridos de un naufragio del que las ratas huyeron ya. Escarba sin piedad (acaso, sí, con una nostalgia inopinada de la esperanza que debe sobrevivir a todas las derrotas) en los pliegues sebosos con que un pre­sente sin memoria esconde la uni­versal prostitución de las palabras. Busca hacia adentro, hacia la sangre que lo ha sostenido, hacia la luz ino­cente que lo iluminaba antaño y que fue sepultada por una oscura de­cepción. Emprende el rescate de otra voz, la que dice del desgaste de la esperanza, de la ruina de los sueños, de la quiebra implacable de la vo­luntad. Emprende el rescate del que fue y, tal vez, ahora podría seguir siendo, una vez ejecutado el desnu­damiento y la redención.

Por dónde empezar la recupera­ción de aquella otra vida, ahora que ésta se ha detenido en un espacio frío y muerto en que no se reconoce. Hacia atrás: en la existencia y en la historia. La clase de los expropiados arrojada a un barrio sin nombre en que sostener el orgullo de no ser de los otros. El padre que le abría los ojos y las manos hacia una vida que podía ser feliz a pesar del silencio y la oscuridad. Los libros que habla­ban los caminos de la lucha y el en­tendimiento secuestrado por los amos de la cultura. El amor vivido a duras penas entre miradas de temor y deseo, y hoscas reconvenciones. Los días de la nueva primavera en que todo lo hermoso deseado pare­ció que podía suceder y luego nada sucedió sino el dolor de la muerte del padre y la destrucción de los sueños (o eso creyó el poeta, aunque sólo era un muro estéril el que caía en la ajena ciudad del norte). El nue­vo tiempo (no distinto del viejo) en que la expropiación continuaba y to­dos los caminos parecían cerrados para siempre. Este tiempo feroz en que nos encontramos.

El poeta, desprendido de añejas ilusiones, se guarece de la lluvia que lo azota en la casa de campo que su padre construyera: refugio contra el frío de la derrota, atalaya que custo­dia «los restos/ de un universo ro­to», «vestigios de gestos y palabras/ que hoy sientes inquilinos/ de un tiempo que creíste perdido para siempre». En esos últimos versos de este intenso y melancólico monólo­go, en este último «estado de con­ciencia» en que concluye la búsque­da de la luz sepultada por ajenos estigmas, se esconde la postrera vic­toria del poeta. Todo habría sido en vano: las luchas que lo precedieron, el padre levantando la esperanza so­bre sus cabezas, la claridad que al­guna vez brilló en los ojos del joven, la miseria con que lidió, todo el pa­decimiento soportado, todos los muertos. Habría sido en vano si el poeta aceptara ahora el discurso de los que pregonan que la historia ha terminado y que todos tendremos que pasar por las horcas caudinas del sometimiento. Por el contrario, el poeta, desde la renacida casa del padre, sigue siendo el que era.

Este hermoso libro, de palabras exactas y afiladas, levantado con densos versos libres, de ritmo me­lancólico y reflexivo, que no conce­de nada al pensamiento débil o a la vergonzosa retirada, que avanza desde la memoria hacia el (recono­cimiento con su ejemplar sabiduría técnica, su lucidez sin indulgencia y su moral a prueba de derrotas: este hermoso libro, digo, es una prueba de ello.

"Lucidez de la memoria" se publicó en el número 289 la revista Reseña. Madrid, 1996


La cicatriz

Por Antonio Garrido

Delante de la superficie pulida, en lo más profundo del hielo, del frío; en lo íntimo de no ver con la claridad supuesta el surco del tiempo en la máscara que se va dejando de reconocer. Desde el diálogo con el pasado que es presente, desde entender el verbo como implicación y explicación; desde la autenticidad no desmentida nacen los versos del último libro del madrileño.

Son cuatro las partes en que se divide el libro. Quiero destacar que esta disposición del texto no quita nada a una poderosa unidad esencial del mensaje. No estamos ante una unión de poemas heterogéneos. El lector se va a sumir en la complejidad de un mundo de referentes precisos como la noche en que llega el hombre a la luna, la del advenimiento de la democracia o la muerte del padre. Un reduccionismo miope distinguiría claramente entre lo externo y lo interno. Esto sería un gran error de interpretación por parte del crítico. La unidad íntima es un gran acierto de estos versos. El mundo es una vivencia, sus hechos se hacen sentimiento en el ritmo del verso y en la imagen.

La presencia del padre es una constante, un hilo conductor. Abril de 1979 y llega la libertad emocionada en el tono narrativo de la evocación: «Fue una primavera mejor de lo esperado./ Muchos años después, quizá una eternidad».

Las marcas temporales son precisas y al mismo tiempo quedan fuera del tiempo porque el gozo de la palabra recobrada después de décadas de miedo no se sitúa en una fecha aunque exista. La palabra es el fuego y el padre se asombra en el denso espejo de la fotografía. Ese tiempo detenido en la instantánea se abre al dolor de un junio elegiaco: «Fue en la noche, cuando huelen/ las madreselvas y los amantes buscan/ la oscuridad del descampado, las viejas estaciones solitarias». La muerte trae al espejo la imagen del frío y la ceniza de aquel terrible tiempo pasado. La muerte destruye la libertad recuperada y el espejo alcanza  la negrura que va asociada al sufrimiento. El recuerdo vuelve desde el amor que lo trae.


La ciudad es otro elemento importante. El primer poema de «Estados de conciencia» enfrenta al poeta con el presente de un paisaje urbano que no puede sentir como suyo. Nota en los ojos el brillo de «un resplandor molesto,/ una luz mate de tiempo clausurado». Evoca al muchacho que se detenía en la exploración de los rostros de los desconocidos, evoca el tedio, el gris como pintura de todas las cosas, pero también la ciudad era el futuro y la sede de los sueños.

El libro es un excelente itinerario que recupera lo interiorizado en la vivencia de un ayer y un antes que es hoy y ahora. La seguridad, la certidumbre de concretos principios y políticos qué es frente a la muerte. Versos de consciente desesperanza, pero que no son exactamente desencanto; es mucho más, es la parada obligada para tomar aliento y andar la última etapa sin dejar de saber en lo íntimo que la primera aún está intacta, pese a todo, en la evocación de las alondras y que la dignidad de los principios permanece. Sé que existe «un pájaro de la decepción», pero el tono general del libro mantiene la constante de la dignidad esencial de la vida evocada como un valor indiscutible pese al tono elegíaco. Esta atmósfera es uno de los mayores aciertos de un texto lleno de calidades.
La casa de campo es, quizá, el lugar preferido para vivir esa serenidad; mejor, ese equilibrio un punto escéptico ya. Con su presencia se cierra un texto que me ha sido muy cercano.

"La cicatriz" apareció en el suplemento cultural del diaro SUR, de Málaga  
del 18 de octubre de 1997


La densidad de los espejos


Por Juan Manuel González



Pocos recintos son tan evocadores para un poeta, para un recreador de lo sensible, como aquellos que se cobijan en el interior –siempre :reconocible-- y a la vez desconocido- de los espejos. Al asomarse al propio interior a través de esa superficie inexistente y real del espejo el poeta se contempla en una sola mirada a si mismo, a su interior^ y al de los demás que tienen sentido para él, y contempla también paisajes, el temblor de las emociones, los perfiles de seres ya inalcanzables el destello y la fugacidad de luces calientes y visibles pero imposibles de atrapar.

Consciente de todo esto, Manuel Rico se atreve en sus dos últimos poemarios, La densidad de los espejos y Quebrada luz, a penetrar en ese juego de claroscuros y reflejos que conlleva la observación del propio itinerario en el relumbre de la memoria.



La densidad de los espejos viene a ser un análisis personal y existencial de un tiempo que, no por ser mitad soñado, mitad vivido, deja de ser histórico. Un tiempo de grisuras y derrotas en el que el poeta se reconoce como una silueta recortada y opaca en medio de una imprevista feria de vanidades, quilombos y trapicheos. Es en ese marco, tan poco proclive a lo noble y épico donde paradójicamente Rico entremezcla-vivencias, hechos y sensaciones para, por un lado, dibujar -y recordar la propia senda--, y por otro, comprender que los ideales son la única posibilidad de zafarse del gris y de la muerte en vida. Salvado pues por el maridaje de la memoria y el sueño dentro de los espejos, e intuyendo que algunas cicatrices -al margen de cualquier terapia- se hunden cada día un poco más sin desaparecer, el poeta decide transmitir lo vivido y soñado a los lectores para que estos -se identifiquen o no con su misiva- puedan también vivirlo y soñarlo. Esa decisión no es fácil, ni poética ni vitalmente, pero Rico la plasma primero en La densidad de los espejos y luego -con mayor inti-mismo y elevación- en Quebrada luz. En ambos poemarios hay técnicas de flash-back -quizás inconscientes-, y en ambos se trabaja sobre la percepción individual de pasiones y sentimientos a la postre colectivos. Para Manuel Rico hay, sin embargo, estéticas preferidas, sobre todo la ciudad, decrepita y dura, industrial y abocada a la noche, el óxido y las factorías, el sur, identificado un poco reiteradamente con lo agraviado, dolorido y en potencia insurgente, la guerra sólo como cauce .de destrucción "perse", y el amor basado en la fidelidad a dos, posibilidad tan entrañable como etérea. El lector, aún sin compartir tales estéticas, se sumerge enseguida en la sinceridad y la fuerza de los versos de estos dos poemarios, en su Valoración de los desgarros de lo cotidiano, en la pulcritud de los planteamientos existenciales que albergan. Una pulcritud que se paladea en poemas como "Ciudad y noche". "Mañanas de ceniza", "Imagen de Sarajevo". "Estados de conciencia (I)", "Donde irrumpe la tarde: en la ventana", "Nunca fue intacta, pura"  y" Noticia del mar". Una poesía, en definitiva, aprehensible y limpia, sabedora de que "Siempre acecha esa luz que no prescribe".

Esta crítica de Juan Manuel González apareció en Cuadernos del Sur, 
diario Córdoba. Febrero 1998.

Apariencia de vida



Por Manuel López Azorín


La densidad de los espejos, sexta entrega poética de Manuel Rico, que ha sido galardonada con el Premio Hispanoamericano de poesía Juan Ramón Jiménez, es una reflexión existencial, personal y colectiva, sobre un tiempo histórico. Y la memoria ofrece, de un tiempo de sueños y derrotas, una «aparien­cia de vida» de lo vivido y lo soñado.

Los espejos son, en su densidad, el reflejo de lo que fue, de lo que pudo haber sido, de lo que nunca fue, de lo que podría ser. En ellos se refleja el tiempo, ejercen un magne­tismo de misterio y asombro, de re­beldía y de tristeza, de nostalgia y de rechazo y la memoria trastoca las imágenes acomodándolas -en un proceso de datos y hechos selectiva­mente entremezclados- a una «reali­dad» soñada, vivida, con mezcla de sueño y de verdad, de verdad no cumplida o, al menos, no cumplida del todo. Se funden, se confunden y forman esa «otra realidad», esa «apariencia de vida» (que es la vida misma; ahora, por la magia de la pa­labra -el tiempo en la palabra o "la palabra en el tiempo» que diría Machado- del lenguaje, de lo que precisa la vida para "ser poesía como dijera Salinas: «sonido y sentido») que en aquel tiempo no existía: «Era entonces/ el tiempo de la niebla y tú. eras otro,/ y tal vez los espejos no existían» .

Ejercicio de reflexión ante una verdad inasumible que destierra al espejo, la imagen y todo lo que esa imagen del tiempo le acerca a través de él, de ellos. Cuando la vida mira hacia atrás, cuando se detiene -José Hierro lo dice muy bien-: «Se escribe lo pasa­do y lo imposible/ para que los demás vivan aquello/ que ya vivió (o que no vivió) el poeta».



A través de los espejos se mues­tra un tiempo gris, con un gobierno gris, donde la única posibilidad de escapar está en el sueño y en la re­beldía silenciosa y activa. Nos mues­tra un tiempo de huelga, de muerte en blanco y negro, de mirada que cuide la oscuridad, un tiempo de lecturas ocultas, de huidas, de mu­danzas, de músicas y látigos, de som­bra. Un tiempo de instantáneas, fla­shes que, sin cronología, van y vienen para mostrarnos estados de ánimo, destellos de amargura, restos de in­suficiencia y aspirinas, cicatrices... y la figura del padre en toda la densi­dad de los espejos absolutamente significativa... Siempre presente-au­sente (con la presencia ausencia de la fotografía del recuerdo y la vida). Muestra este libro una manera de vivir, entremezclando la historia, los sentimientos, las emociones, el tiempo histórico real y, como vía de escape siempre, la imaginación, el sueño frente a lo imposible, para tratar de lograr «lo imposible».

Libro testimonial que hace posi­ble esta «nueva apariencia de vida» para convertirla en esa -otra reali­dad» (que le sirve al poeta como vía de salvación, para seguir habitando, soñando, esta vida, buscando eso que llamamos felicidad o estado de perfección, es decir: tratando de lo­grar «lo imposible») que pueda ser­vir a los lectores para identificarse con un tiempo común, tiempo gris, tiempo de «látigo y rezo obligato­rio», un tiempo y unas emociones que le sirven al poeta para sacar los demonios fuera, para salir de los es­pejos y seguir, continuar la búsque­da -ya sin destellos del pasado amar­go, sombrío- porque esa otra rea­lidad» -la magia del lenguaje poéti­co- se ha convertido en misterio de sonido y sentido y palabra en el tiem­po.

La cita de Edgar Lee Master en la última parte del libro, titulada «Estados de Conciencia», es definitoria: «Hacia dónde me llevas...» «...hacia las praderas donde vive el sueño». El tiempo que anduvo per­dido entre la lluvia, que rompió con las alondras, cuando en 1980 inició su andadura poética Manuel Rico, continúa -con una voz más personal que en aquellos miméticos inicios propios del aprendizaje -por el mis­mo camino- con la idea primigenia de primar el contenido sin obviar el continente hacia donde vive el sue­ño y lo hace sin negarnos nada, dán­dolo todo en él: tiempo, memoria, sentimientos... “Fue en el hombro del joven/ donde buscó la mano de aquel viejo/ la caricia negada tantas veces». Desterrar los espejos no es posible; pero la vida muestra, puede mostrar, las cicatrices bien cosidas, curadas, archivadas para siempre en el papel y la memoria «quizá la salva­ción viva en el sueño», en la espe­ranza, en otra imagen de niño pro­longada, en una flor con nombre de mujer, quizá la salvación viva con no­sotros o esté en saber «que la exis­tencia es propiedad del aire,/ y que escuece y que mana» o tal vez pueda ser enfrentarse, sin bajar la mirada, a ese espejo de misterio y asombro, de realidad y deseo, en una presen­cia-ausencia de la memoria-tiempo» ...que a veces se hace nube dando «apa­riencia de vida» a lo que «... vivió (o que no vivió) el poeta» ... para que los otros, los lectores, puedan vivirla.

"Apariencia de vida" se publicó en la revista Turia, en el número 42. Teruel, 1997






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