lunes, 30 de abril de 2018

Cuatro críticas a "La densidad de los espejos" tras su primera edición en 1997.

Cuatro críticas a La densidad de los espejos en su primera edición: Salustiano Martín, Manuel López Azorín, Juan Manuel González y Antonio Garrido Moraga





Lucidez de la memoria

Por Salustiano Martín


Pocas veces, como en este libro, el poeta se enfrenta consigo mismo, con los recodos y caminos que lo han construido hasta éste que ahora toma recado de escribir para encon­trarse. Se siente abandonado por la energía que antaño puso en sus pa­sos, por la voluntad tozuda que bus­caba un horizonte menos innoble, por la seguridad ingenua que lo em­pujó cuando era joven. Se sabía de la estirpe de los expropiados y pensa­ba que sus manos debían contribuir al rescate: que el rescate era posible si todas las manos se juntaban para esa lucha. Ahora mira a su alrededor y no reconoce el paisaje; escucha las voces que le llegan y no entiende su sabor ni el ritmo que las sostiene.

El poeta se refugia entre las pa­redes que aún siente como suyas y los espejos le devuelven la imagen del que ahora es y no reconoce, en­tre la niebla de las horas perdidas y los accidentes del dolor. Se estudia en el espejo: a ver si puede salvarse de esta extrañeza absurda en que el presente se tambalea y parece que no haya futuro. La densidad de los es­pejos habla la verdad de su rostro, del brillo fácil en los ojos con que di­simula el abandono, de la difícil luz enquistada que dice de una sangre que ardía contra el miedo y la no­che. Ahí empieza a desgranar las pa­labras que lo escriben contra el de­sánimo y la huida. Ahí empiezan, implacables, los versos (hechos de gozo y sufrimiento, necesarios como la vida abandonada, piedras que restituyen el camino hacia un futu­ro que viene desde lejos) a recorrer el mapa obsceno de las añejas cica­trices que el espejo denuncia.



Manuel Rico lucha a contraco­rriente contra el olvido de las pu­jantes ilusiones que algún día nos sostuvieron contra la injusticia y ahora están siendo vendidas en cí­nica almoneda. Los trozos de ver­dad con que enuncia sus raíces de­be arrancarlos de entre los restos podridos de un naufragio del que las ratas huyeron ya. Escarba sin piedad (acaso, sí, con una nostalgia inopinada de la esperanza que debe sobrevivir a todas las derrotas) en los pliegues sebosos con que un pre­sente sin memoria esconde la uni­versal prostitución de las palabras. Busca hacia adentro, hacia la sangre que lo ha sostenido, hacia la luz ino­cente que lo iluminaba antaño y que fue sepultada por una oscura de­cepción. Emprende el rescate de otra voz, la que dice del desgaste de la esperanza, de la ruina de los sueños, de la quiebra implacable de la vo­luntad. Emprende el rescate del que fue y, tal vez, ahora podría seguir siendo, una vez ejecutado el desnu­damiento y la redención.

Por dónde empezar la recupera­ción de aquella otra vida, ahora que ésta se ha detenido en un espacio frío y muerto en que no se reconoce. Hacia atrás: en la existencia y en la historia. La clase de los expropiados arrojada a un barrio sin nombre en que sostener el orgullo de no ser de los otros. El padre que le abría los ojos y las manos hacia una vida que podía ser feliz a pesar del silencio y la oscuridad. Los libros que habla­ban los caminos de la lucha y el en­tendimiento secuestrado por los amos de la cultura. El amor vivido a duras penas entre miradas de temor y deseo, y hoscas reconvenciones. Los días de la nueva primavera en que todo lo hermoso deseado pare­ció que podía suceder y luego nada sucedió sino el dolor de la muerte del padre y la destrucción de los sueños (o eso creyó el poeta, aunque sólo era un muro estéril el que caía en la ajena ciudad del norte). El nue­vo tiempo (no distinto del viejo) en que la expropiación continuaba y to­dos los caminos parecían cerrados para siempre. Este tiempo feroz en que nos encontramos.

El poeta, desprendido de añejas ilusiones, se guarece de la lluvia que lo azota en la casa de campo que su padre construyera: refugio contra el frío de la derrota, atalaya que custo­dia «los restos/ de un universo ro­to», «vestigios de gestos y palabras/ que hoy sientes inquilinos/ de un tiempo que creíste perdido para siempre». En esos últimos versos de este intenso y melancólico monólo­go, en este último «estado de con­ciencia» en que concluye la búsque­da de la luz sepultada por ajenos estigmas, se esconde la postrera vic­toria del poeta. Todo habría sido en vano: las luchas que lo precedieron, el padre levantando la esperanza so­bre sus cabezas, la claridad que al­guna vez brilló en los ojos del joven, la miseria con que lidió, todo el pa­decimiento soportado, todos los muertos. Habría sido en vano si el poeta aceptara ahora el discurso de los que pregonan que la historia ha terminado y que todos tendremos que pasar por las horcas caudinas del sometimiento. Por el contrario, el poeta, desde la renacida casa del padre, sigue siendo el que era.

Este hermoso libro, de palabras exactas y afiladas, levantado con densos versos libres, de ritmo me­lancólico y reflexivo, que no conce­de nada al pensamiento débil o a la vergonzosa retirada, que avanza desde la memoria hacia el (recono­cimiento con su ejemplar sabiduría técnica, su lucidez sin indulgencia y su moral a prueba de derrotas: este hermoso libro, digo, es una prueba de ello.

"Lucidez de la memoria" se publicó en el número 289 la revista Reseña. Madrid, 1996


La cicatriz

Por Antonio Garrido

Delante de la superficie pulida, en lo más profundo del hielo, del frío; en lo íntimo de no ver con la claridad supuesta el surco del tiempo en la máscara que se va dejando de reconocer. Desde el diálogo con el pasado que es presente, desde entender el verbo como implicación y explicación; desde la autenticidad no desmentida nacen los versos del último libro del madrileño.

Son cuatro las partes en que se divide el libro. Quiero destacar que esta disposición del texto no quita nada a una poderosa unidad esencial del mensaje. No estamos ante una unión de poemas heterogéneos. El lector se va a sumir en la complejidad de un mundo de referentes precisos como la noche en que llega el hombre a la luna, la del advenimiento de la democracia o la muerte del padre. Un reduccionismo miope distinguiría claramente entre lo externo y lo interno. Esto sería un gran error de interpretación por parte del crítico. La unidad íntima es un gran acierto de estos versos. El mundo es una vivencia, sus hechos se hacen sentimiento en el ritmo del verso y en la imagen.

La presencia del padre es una constante, un hilo conductor. Abril de 1979 y llega la libertad emocionada en el tono narrativo de la evocación: «Fue una primavera mejor de lo esperado./ Muchos años después, quizá una eternidad».

Las marcas temporales son precisas y al mismo tiempo quedan fuera del tiempo porque el gozo de la palabra recobrada después de décadas de miedo no se sitúa en una fecha aunque exista. La palabra es el fuego y el padre se asombra en el denso espejo de la fotografía. Ese tiempo detenido en la instantánea se abre al dolor de un junio elegiaco: «Fue en la noche, cuando huelen/ las madreselvas y los amantes buscan/ la oscuridad del descampado, las viejas estaciones solitarias». La muerte trae al espejo la imagen del frío y la ceniza de aquel terrible tiempo pasado. La muerte destruye la libertad recuperada y el espejo alcanza  la negrura que va asociada al sufrimiento. El recuerdo vuelve desde el amor que lo trae.


La ciudad es otro elemento importante. El primer poema de «Estados de conciencia» enfrenta al poeta con el presente de un paisaje urbano que no puede sentir como suyo. Nota en los ojos el brillo de «un resplandor molesto,/ una luz mate de tiempo clausurado». Evoca al muchacho que se detenía en la exploración de los rostros de los desconocidos, evoca el tedio, el gris como pintura de todas las cosas, pero también la ciudad era el futuro y la sede de los sueños.

El libro es un excelente itinerario que recupera lo interiorizado en la vivencia de un ayer y un antes que es hoy y ahora. La seguridad, la certidumbre de concretos principios y políticos qué es frente a la muerte. Versos de consciente desesperanza, pero que no son exactamente desencanto; es mucho más, es la parada obligada para tomar aliento y andar la última etapa sin dejar de saber en lo íntimo que la primera aún está intacta, pese a todo, en la evocación de las alondras y que la dignidad de los principios permanece. Sé que existe «un pájaro de la decepción», pero el tono general del libro mantiene la constante de la dignidad esencial de la vida evocada como un valor indiscutible pese al tono elegíaco. Esta atmósfera es uno de los mayores aciertos de un texto lleno de calidades.
La casa de campo es, quizá, el lugar preferido para vivir esa serenidad; mejor, ese equilibrio un punto escéptico ya. Con su presencia se cierra un texto que me ha sido muy cercano.

"La cicatriz" apareció en el suplemento cultural del diaro SUR, de Málaga  
del 18 de octubre de 1997


La densidad de los espejos


Por Juan Manuel González



Pocos recintos son tan evocadores para un poeta, para un recreador de lo sensible, como aquellos que se cobijan en el interior –siempre :reconocible-- y a la vez desconocido- de los espejos. Al asomarse al propio interior a través de esa superficie inexistente y real del espejo el poeta se contempla en una sola mirada a si mismo, a su interior^ y al de los demás que tienen sentido para él, y contempla también paisajes, el temblor de las emociones, los perfiles de seres ya inalcanzables el destello y la fugacidad de luces calientes y visibles pero imposibles de atrapar.

Consciente de todo esto, Manuel Rico se atreve en sus dos últimos poemarios, La densidad de los espejos y Quebrada luz, a penetrar en ese juego de claroscuros y reflejos que conlleva la observación del propio itinerario en el relumbre de la memoria.



La densidad de los espejos viene a ser un análisis personal y existencial de un tiempo que, no por ser mitad soñado, mitad vivido, deja de ser histórico. Un tiempo de grisuras y derrotas en el que el poeta se reconoce como una silueta recortada y opaca en medio de una imprevista feria de vanidades, quilombos y trapicheos. Es en ese marco, tan poco proclive a lo noble y épico donde paradójicamente Rico entremezcla-vivencias, hechos y sensaciones para, por un lado, dibujar -y recordar la propia senda--, y por otro, comprender que los ideales son la única posibilidad de zafarse del gris y de la muerte en vida. Salvado pues por el maridaje de la memoria y el sueño dentro de los espejos, e intuyendo que algunas cicatrices -al margen de cualquier terapia- se hunden cada día un poco más sin desaparecer, el poeta decide transmitir lo vivido y soñado a los lectores para que estos -se identifiquen o no con su misiva- puedan también vivirlo y soñarlo. Esa decisión no es fácil, ni poética ni vitalmente, pero Rico la plasma primero en La densidad de los espejos y luego -con mayor inti-mismo y elevación- en Quebrada luz. En ambos poemarios hay técnicas de flash-back -quizás inconscientes-, y en ambos se trabaja sobre la percepción individual de pasiones y sentimientos a la postre colectivos. Para Manuel Rico hay, sin embargo, estéticas preferidas, sobre todo la ciudad, decrepita y dura, industrial y abocada a la noche, el óxido y las factorías, el sur, identificado un poco reiteradamente con lo agraviado, dolorido y en potencia insurgente, la guerra sólo como cauce .de destrucción "perse", y el amor basado en la fidelidad a dos, posibilidad tan entrañable como etérea. El lector, aún sin compartir tales estéticas, se sumerge enseguida en la sinceridad y la fuerza de los versos de estos dos poemarios, en su Valoración de los desgarros de lo cotidiano, en la pulcritud de los planteamientos existenciales que albergan. Una pulcritud que se paladea en poemas como "Ciudad y noche". "Mañanas de ceniza", "Imagen de Sarajevo". "Estados de conciencia (I)", "Donde irrumpe la tarde: en la ventana", "Nunca fue intacta, pura"  y" Noticia del mar". Una poesía, en definitiva, aprehensible y limpia, sabedora de que "Siempre acecha esa luz que no prescribe".

Esta crítica de Juan Manuel González apareció en Cuadernos del Sur, 
diario Córdoba. Febrero 1998.

Apariencia de vida



Por Manuel López Azorín


La densidad de los espejos, sexta entrega poética de Manuel Rico, que ha sido galardonada con el Premio Hispanoamericano de poesía Juan Ramón Jiménez, es una reflexión existencial, personal y colectiva, sobre un tiempo histórico. Y la memoria ofrece, de un tiempo de sueños y derrotas, una «aparien­cia de vida» de lo vivido y lo soñado.

Los espejos son, en su densidad, el reflejo de lo que fue, de lo que pudo haber sido, de lo que nunca fue, de lo que podría ser. En ellos se refleja el tiempo, ejercen un magne­tismo de misterio y asombro, de re­beldía y de tristeza, de nostalgia y de rechazo y la memoria trastoca las imágenes acomodándolas -en un proceso de datos y hechos selectiva­mente entremezclados- a una «reali­dad» soñada, vivida, con mezcla de sueño y de verdad, de verdad no cumplida o, al menos, no cumplida del todo. Se funden, se confunden y forman esa «otra realidad», esa «apariencia de vida» (que es la vida misma; ahora, por la magia de la pa­labra -el tiempo en la palabra o "la palabra en el tiempo» que diría Machado- del lenguaje, de lo que precisa la vida para "ser poesía como dijera Salinas: «sonido y sentido») que en aquel tiempo no existía: «Era entonces/ el tiempo de la niebla y tú. eras otro,/ y tal vez los espejos no existían» .

Ejercicio de reflexión ante una verdad inasumible que destierra al espejo, la imagen y todo lo que esa imagen del tiempo le acerca a través de él, de ellos. Cuando la vida mira hacia atrás, cuando se detiene -José Hierro lo dice muy bien-: «Se escribe lo pasa­do y lo imposible/ para que los demás vivan aquello/ que ya vivió (o que no vivió) el poeta».



A través de los espejos se mues­tra un tiempo gris, con un gobierno gris, donde la única posibilidad de escapar está en el sueño y en la re­beldía silenciosa y activa. Nos mues­tra un tiempo de huelga, de muerte en blanco y negro, de mirada que cuide la oscuridad, un tiempo de lecturas ocultas, de huidas, de mu­danzas, de músicas y látigos, de som­bra. Un tiempo de instantáneas, fla­shes que, sin cronología, van y vienen para mostrarnos estados de ánimo, destellos de amargura, restos de in­suficiencia y aspirinas, cicatrices... y la figura del padre en toda la densi­dad de los espejos absolutamente significativa... Siempre presente-au­sente (con la presencia ausencia de la fotografía del recuerdo y la vida). Muestra este libro una manera de vivir, entremezclando la historia, los sentimientos, las emociones, el tiempo histórico real y, como vía de escape siempre, la imaginación, el sueño frente a lo imposible, para tratar de lograr «lo imposible».

Libro testimonial que hace posi­ble esta «nueva apariencia de vida» para convertirla en esa -otra reali­dad» (que le sirve al poeta como vía de salvación, para seguir habitando, soñando, esta vida, buscando eso que llamamos felicidad o estado de perfección, es decir: tratando de lo­grar «lo imposible») que pueda ser­vir a los lectores para identificarse con un tiempo común, tiempo gris, tiempo de «látigo y rezo obligato­rio», un tiempo y unas emociones que le sirven al poeta para sacar los demonios fuera, para salir de los es­pejos y seguir, continuar la búsque­da -ya sin destellos del pasado amar­go, sombrío- porque esa otra rea­lidad» -la magia del lenguaje poéti­co- se ha convertido en misterio de sonido y sentido y palabra en el tiem­po.

La cita de Edgar Lee Master en la última parte del libro, titulada «Estados de Conciencia», es definitoria: «Hacia dónde me llevas...» «...hacia las praderas donde vive el sueño». El tiempo que anduvo per­dido entre la lluvia, que rompió con las alondras, cuando en 1980 inició su andadura poética Manuel Rico, continúa -con una voz más personal que en aquellos miméticos inicios propios del aprendizaje -por el mis­mo camino- con la idea primigenia de primar el contenido sin obviar el continente hacia donde vive el sue­ño y lo hace sin negarnos nada, dán­dolo todo en él: tiempo, memoria, sentimientos... “Fue en el hombro del joven/ donde buscó la mano de aquel viejo/ la caricia negada tantas veces». Desterrar los espejos no es posible; pero la vida muestra, puede mostrar, las cicatrices bien cosidas, curadas, archivadas para siempre en el papel y la memoria «quizá la salva­ción viva en el sueño», en la espe­ranza, en otra imagen de niño pro­longada, en una flor con nombre de mujer, quizá la salvación viva con no­sotros o esté en saber «que la exis­tencia es propiedad del aire,/ y que escuece y que mana» o tal vez pueda ser enfrentarse, sin bajar la mirada, a ese espejo de misterio y asombro, de realidad y deseo, en una presen­cia-ausencia de la memoria-tiempo» ...que a veces se hace nube dando «apa­riencia de vida» a lo que «... vivió (o que no vivió) el poeta» ... para que los otros, los lectores, puedan vivirla.

"Apariencia de vida" se publicó en la revista Turia, en el número 42. Teruel, 1997

miércoles, 4 de enero de 2017

En la extrañeza del día / Sobre "Los días extraños". Por Marta López Vilar

Marta López Vilar escribe, en la revista Turia, una crítica sobre mi último libro de poemas, Los días extraños. Aunque la revista acaba de publicarse, se trata del número 120, correspondiente a noviembre de 2016.


Escribir es, inevitablemente, una manera de regreso. Decía el poeta alemán Novalis que había que regresar al alma como a una patria antigua. Una patria anti­gua que siempre va con nosotros y nos recuerda. Y algo así ocurre en este último libro del poeta madrile­ño Manuel Rico (1952): Los días ex­traños. Recordé esas palabras de No­valis porque este libro se inicia con un viaje que es regreso, introspec­ción de los días que son vida y radio­grafía exacta de la memoria y la identidad. Incluso las partes en las que está dividido el libro nos dice mucho de las paradas, de los apea­deros y estaciones que hay en estas páginas: «Los días extraños», «Noti­cia del otoño», «Retornos» y «De la vida y su espuma». Comienza en esa sorpresa que da la lejanía en la extrañeza: el eco que nos llama por nuestro nombre, continúa en ese aviso del otoño -el lugar y el tiempo donde habitan las cosas que acaban y esperan despedirse de nosotros-, siguen los retornos a las habitacio­nes intactas de la memoria, a las vo­ces, al olor de las cosas y acaba el libro con esa vida que, como la espuma, es frágil y ligera, pero profunda co­mo una huella. 

Comienza el libro: «En la tarde y sus grietas, con tu historia / de ad­versa devoción, de mundos comparti­dos, sientes / que es preciso volverse y respirar, / inventar la mirada que in­daga tierra adentro, / restaurar el re­fugio y las estancias / donde viviste, quizás lloraste y tuviste descendencia /más allá de las tardes con otros y del aire / de quienes fuisteis parte de un tiempo en mutación, / parte de un tiempo». Esa voz que se da la vuelta y, de repente, regresa a los rincones del corazón que la han estado aguar­dando como un ejercicio de amor en el tiempo que muestra sus grietas y sus heridas. Es este libro, ya desde estos primeros versos, una invitación ho­nesta a mostrar la belleza de lo ido, de lo que nos pertenece y nos ha hecho con lentitud y paciencia, con dolor e integridad. Y no es fácil poder mostrar esa honestidad de manera tan equili­brada y justa, con ese hilo emotivo que horada sin darnos cuenta. Porque en estas páginas hay historia de to­dos, historia vivida y no vivida que nos ha hecho porque nos estaba espe­rando, intacta, a veces muy cruel: «Vuelves desde otros años. / El pa­dre, entonces, era compañía / y era seca ternura, saldaba deudas de viajes aplazados / y sueños quebradizos. Mi­rábamos, / con ojos forasteros, /el reverso del agua, las aldeas con vida / que hoy contemplo con luz muy dife­rente». Esa palabra, entonces, marca siempre escisiones, y, sin embargo, nos hace volver al calor tierno del amor desde una luz tan distinta, de voz tan distinta. Ese entonces es un pre­térito que nos hace señas a través de fotografías, porque hay mucho de fo­tográfico en este libro. Y no sólo por la capacidad para captar el instante, la respiración que se queda suspendida. No es sólo por eso, sino porque son versos que permanecen y cambian continuamente, como las fotografías cuando se ven tras el paso a veces te­rrible del tiempo. Es la seña de la bue­na poesía: busca como un torrente de agua las grietas de nuestro propio corazón, cambiando el sentido de las palabras, su forma. Confieso que he leído varias veces este magnífico libro porque en mí generaba una extraña atracción, una atracción hacia unos días que no fueron los míos y, sin em­bargo, veía tan familiares: «Soy me­moria de viajes y reencuentros: / cam­pos entre la niebla cruzados por un tren / y viejas devociones soñadas en la voz y en la música / más joven». Esto es algo que siempre me ha acompañado cuando he leído los libros de Manuel Rico: Fugitiva ciudad, Monólogo del en­treacto, Donde nunca hubo ángeles...
"Es la seña de la bue­na poesía: busca como un torrente de agua las grietas de nuestro propio corazón, cambiando el sentido de las palabras, su forma."
En este poemario se habla sobre la restauración, sobre la curación del tiempo, sobre la recuperación de ros­tros, de cuerpos, de sí mismo. El poeta recupera la ciudad de su infancia y adolescencia, nos presenta aquella Es­paña gris del silencio y el miedo en el que aquél que escribe vivía y ahora re­construye. En este libro hay viajes, paseos, amor, personas queridas que de nuevo se convocan en la amistad y los afectos, en las huellas de aquello que poco a poco desaparece, en cada grieta de una casa, en cada huella. Hermosísimo el poema «Otoño en Riaza» que recoge los fragmentos de una risa rota, de unas presencias idas: «Es la imagen / de la vida que igno­raba la muerte, / es el tiempo todavía abarcable, / es la risa apenas agrie­tada, sin heridas aún / y sin ausen­cias». Y emociona, porque puede verse cómo este libro cuidará de las es­tancias del pasado, las mantendrá confortables, pero a veces con un do­lor a medias y con mucho aprendizaje de vida. Porque volver también nos convierte en felicidad: nos ayuda a dar el último abrazo, a echar el último vis­tazo a la casa, a la calle, al lugar que es todo el tiempo. «Este lugar es todo el tiempo», decía el gran poeta Emilio Prados. Y este libro nos permite hacer lo que la vida no nos deja: saber que, aunque todo será último, sí podremos recordarlo para cuando lleguen esos días extraños de la memoria. Y quién no ha sentido eso alguna vez. Esta sen­sación de tenue melancolía, de reco­nocimiento y de encuentro inunda las páginas de este hermoso libro cons­truido de lucidez y verdad. Porque la afirmación de una historia, de un ha­ber sido, es la mejor y más clara manera de saber que aún seguimos siendo. Y esto late en el libro.

Acéqúense a este libro con el mis­mo sigilo con el que está escrito. Hay algo de nosotros en él, también de mucha verdad. Y nos espera.

Manuel Rico, Los días extraños, Granada, Val­paraíso, 2015

Crítica publicada en la revista Turia, nº 120. Teruel. Noviembre 2016

lunes, 1 de agosto de 2016

Intriga y memoria histórica. Sobre "Un extraño viajero". Por Luis Eduardo Siles

El pasado 18 de junio, en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La sombra del ciprés, Luis Eduardo Siles publicó la crítica que abajo se reproduce sobre Un extraño viajero

Un extraño viajero supone una rei­vindicación de la memoria históri­ca. Pero el libro es mucho más. Se trata de una sensacional historia de amor, de una novela sostenida con un pulso narrativo impecable, que tiene en la intriga, en el suspense, uno de sus princi­pales soportes. Lucía Olmedo, la protago­nista, arrastra la soledad de sus años de divorcio del en­torno en el que vive, un pue­blo perdido en la Sierra de Madrid en el que regenta un hotel rural, La Casona. 
El autor describe a Lucia según las características que «en tan­tas películas y novelas» se llama «una mujer madura», pero ese rasguño del tiempo «quedaba atenuado por el brillo de sus pupilas, siempre vivas y penetrantes, y por un cuerpo de formas todavía firmes y según decían sus amigas y algún amigo re­sidente en Brezo, apeteci­ble». Una noche de invier­no, entre semana, con el hotel deshabitado, llega Salto Hamzik. un serbio indocumentado y agotado, como venido de otro tiempo, que despierta en Lucia una sensación contradictoria de desconfianza y deseo, está a punto de avisar a la Guardia Civil, pero finalmente confía en él porque pa­recía un hombre can­sado, perdido, incapaz de hacerle daño a na­die». Tras algunos días de estancia del hombre en La Caso­na vivirán una noche de pasión y sexo que cambiará ra­dicalmente la vida de Lucía. Pero Salko desa­parece esa maña­na. Deja un resguar­do para recoger un ca­rrete de fotografías. Y a partir de ahí, las preocupaciones por la marcha del hotel, que constituían la única ocupación en la vida de la protagonista, pasan a un segundo plano, porque ella se lanza a una obsesiva indagación sobre oscuros elementos del pasado de la comarca, marcados por el azote de la dictadura, e incluso tendrá la sensación, y la vivirá intensamente, de haber irrumpido en «dimensiones desconocidas».
Manuel Rico construye en Un extraño viajero una novela que une el amor y el suspense con una investigación del pasado

Lucía investiga por amor, incluso con cierto fastidio a veces, pero los pasos que da resultarán decisivos para que la opinión pública conozca, sobre todo a través de una exposición fotográfica, los ex­cesos que la dictadura come­tió en la comarca. La presa la construyeron los perde­dores de la guerra. Las fotos que dejó el extranjero reflejaban «rostros delgados, fa­mélicos. Cuerpos casi perdidos en ropas que a Lucia le parecieron desmesuradas. Duros primeros planos de seres anónimos de rasgos como esculpidos con cortafríos sobre una piedra imaginaria. Ojos entre el asombro y el abatimiento. Som­bras de árboles desnudos, esqueletos de oscuridad sobre un fondo demasiado claro, sombras humanas caminando en fila, sombras». Lucia descubre, a través de las personas con las que habla du­rante su investigación, la si­militud entre determinadas actuaciones que se dieron durante la dictadura y las que se practicaron en los campos de concentración nazis: «Hubo una cámara que estuvo aquí y trabajó de incógnito para acumular pruebas de que había una relación muy directa entre determinadas prácticas del franquismo y las que se dieron en los campos nazis». En Un extraño viajero hay, pues, una historia de amor, una profundización en la memoria históri­ca, y todo ello está en­vuelto en una atmósfera de suspense, pero se trata sobre todo de un libro magníficamente escrito, que transmite constantemente el placer de leer. Ha obtenido el IX Premio de Logro­ño de Novela. Manuel Rico (Madrid, 1952) es un consumado crítico literario. un reconocido poeta, y ha publicado varias novelas, como la colosal La mujer muerta. Un extraño viajero, cuya acción transcurre entre los años 2005 y 2006, en los que se impulsó la memoria histórica, está lleno de referencias literarias. Lucia está leyendo -y avanza muy lentamente entre tantos avatares en su vida—  Matar a un ruiseñor, pero también se habla de Philip Roth, de Ro­bert Walser  o de Max Frisch entre otros muchos. Es una novela que transpira sentimientos, pero no hay ningún personaje negativo: lo malo son las zonas oscuras del pa­sado de este país. Tiene bue­nas intenciones. Francisco Umbral vino a decir que de los buenos sentimientos nun­ca salo una buena novela. Este caso supone una excepción a esa premisa umbraliana.  Un extraño viajero es una buena novela.

Publicado en El Norte de Castilla el 18 de junio de 2016. 



martes, 7 de junio de 2016

Vida tras la memoria. Sobre "Un extraño viajero". Por Aurelio Loureiro

En la revista Leer, en su número de Junio, Aurelio Loureiro, su director, dedica su sección "Vida y ficción" a la novela Un extraño viajero

La memoria, cuando no es esquiva, puede aportar mucho más de lo que se pretende de ella. Los meandros por los que discurre pueden revelar su esencia en el mismo territorio de la ficción, confundiendo ¡as prioridades a las que se enfrenta cualquier decisión, más si es de Índole histórica. La memoria histórica es la memoria forzada a una resolución equitativa. No admite veleidades, pues afecta a las emociones. Transcurre por un solo meandro de ese río incierto que es la vida: el de la justicia; palabra capaz de fundir lo sublime con lo rastrero. No obstante, la memoria histórica muchas veces precisa de un espacio imaginario donde se aclaren ciertas dudas, se reinventen personajes, se forjen contextos acogedores, se formulen nuevos caminos para llegar a donde se quiere, quizá a la realidad más descarnada. No hay memoria sin una dosis justa de ficción, que, a su vez, lima en muchos aspectos los desajustes de esa realidad que nunca se mantiene quieta.

Manuel Rico es un escritor seguro de dónde quiere llegar con sus indagaciones literarias, así como los riesgos y trampas con los que se va a encontrar desde la primera palabra. Tiene los pies en los asuntos que nos competen a todos, en la suerte de todos los días, pero es consciente de que esa realidad, lo cotidiano convertido en paradigma, puede conducirlo a parajes extraordinarios, sorpresas ineludibles y verdades asombrosas que distan mucho de los planteamientos primigenios; aunque los complemente e ilumine.

El asunto, en este caso, es la memoria histórica; si bien, como suele pasar, se enrede y llegue mucho más lejos. Rico parte de la necesidad de la memoria histórica más allá de cualquier debate o confrontación y eso le facilita ¡as cosas, pues le evita un buen disgusto a la conciencia. El objetivo, no sólo devolver esa memoria a su lugar debido, sino también restaurar, más allá de intereses ajenos, el recuerdo de las personas que hay detrás, soportando éstas también la cuota de conciencia que le corresponde a la memoria que se les ha arrebatado, a veces inconscientemente, a veces de manera voluntaria.
Rico conforma su particular Macondo entre la niebla que orla los picos y el brezo que enhebra sus raíces dentro de la tierra al borde del abismo
Se suele decir que el amor mueve montañas y en Un extraño viajero (Algaida; IX Premio Logroño de Novela), sólo un chispazo, una aparición insospechada, una noche de sexo, es capaz no sólo de moverlas sino de hurgar en sus tripas, provocando un seísmo que exclusivamente la reconstrucción de la memoria será capaz de apaciguar. No es la primera vez que el autor se adentra en el territorio de Somosierra, esa escarpada encrucijada que une Madrid, Segovia y Guadalajara en un triángulo mágico, donde montañas (una de sus novelas se titula precisamente como una de esas montañas: La mujer muerta) y pueblos, bosques y rutas, nieve y primavera, son susceptibles de exploración. Rico conforma su particular Macondo, entre la niebla que orla los picos y el brezo que enhebra sus raíces dentro de la tierra en lucha por no caer en el abismo.

El edificio, situado en Horcajo de la Sierra, que 
inspiró La Casona
Es en ese contexto donde surge la memoria que devendrá en histórica por mor del interés que suscitará el descubrimiento de unas fotos que retratan en blanco y negro los desmanes de los vencedores de la Guerra Civil española en los años 40 y 50, y el perpetuo castigo de los presos, vencidos, obligados a trabajos forzados, allí, entre aquellas montañas invencibles, durante las obras de construcción de la línea de ferrocarril Madrid-Burgos. Campos de prisioneros, donde no se gaseaba a los judíos, pero creaban cadáveres andantes, mutantes morales, famélicas víctimas de la ideología vencedora. Una historia para olvidar que se enquista en la vida de los personajes que la reciben con sorpresa y se rinden a ella con abnegación y necesidad de que se conozca. Una historia para no olvidar que pronto capta la atención de los encargados de organizar la (tan traída y llevada! memoria histórica y suscita intereses encontrados.

Hay vida detrás de la memoria y amor cuando la ficción se convierte en un canto de sirena. A la protagonista, aunque le duela que prescindan de ella en los actos oficiales a pesar de regalar las fotos, sólo le interesa saber si aún vive el hombre que después de regalarle una noche de sexo en La Casona, hotel que regenta ella, le deja un encargo; recuperar unas fotos de un campo de trabajo de la posguerra, cercano a la mujer muerta. Saber si vive, buscarlo en los rostros que se lo recuerdan, ese rostro grabado, y, si es un fantasma del pasado, demostrarse que ella lo vio y lo amó, aunque fuera en ese instante fugaz de la memoria.




martes, 2 de diciembre de 2014

Una crítica de 2008 a "Espejo y tinta", de J. Ernesto Ayala-Dip


Espejo y tinta es un libro extraño en mi bibliografía narrativa. Dos nouvelles que publicó Bruguera en su último tramo de vida editorial (en el otoño de 2008) y que tuvo un excelente tratamiento crítico. Se ocuparon del libro, entre otros, J. Ernesto Ayala-Dip, en Babelia/El País, y José María Pozuelo Yvancos, de ABC. Recupero la de Ayala-Dip: precisa y sin circunloquios. 



No hay una teoría unánime  sobre qué es exactamente un cuento largo o nouvelle. O qué los acerca a unanovela corta. Hay más acuerdo sobre sus dimensiones, tal vez porque es una variable más visible. Pero uno siempre tiene la sospecha de que todo el problema nos remite a una unidad de argumento y sentido, a un motivo concentrado, a una idea más cerca de la metáfora que a la complejidad en abanico de una novela. Casi junto a la publicación de Verano (Alianza), el novelista, poeta y crítico literario Manuel Rico publica Espejo y tinta, reunión de dos nouvelles, término por el que me decanto al final, siempre que se me presenta la duda arriba mencionada. La primera pieza se titula Espejo. Abunda la historia en el motivo literario del doble. Ernesto Silva hereda un libro de su padre. Un día descubre que alguien repite su existencia. Una sombra pertinaz que postula una existencia paralela. Poe y Dostoievski transitaron por este tema universal. Rico recupera la tradición para insuflarle un aire evanescente. Una historia más próxima al sueño. En la segunda pieza, Tinta, el meollo argumental se hace más opresivo. Luis Orueta, un oficinista muy al estilo de los de Gogol, se muestra impotente ante su irrefrenable fascinación porlas plumas estilográficas. Le atraen hasta casi situarlo al borde de los abismos más insospechados, sobre todo las que fueron usadas porlos grandes escritores. Tal vez como una remota esperanza de que ellas insuflen en su pobre existencia una inspiración literaria milagrosa. Las dos nouvelles (y no deje el lector de relacionarlas con las doce nouvelles que ha escrito hasta ahora en cuatro libros Luis Mateo Díez) de Manuel Rico se alimentan de ideas eminentemente cuentísticas. Pero su solución formal apunta a una excelencia estética de no muy frecuente consecución en la literatura española de los últimos años en este formato. La tensión del asunto central va evolucionando hasta un clima final, sin fisuras en la escritura que dificulten el placer que siempre ha de deparar la lectura de una nouvelle. La concisión no es una cuestión de pocas palabras. Es equilibrio entre lo que se escribe y lo que se calla. Excelente. J. ERNESTO AYALA-DIP


Publicada en Babelia, del diario El País, el 20 de diciembre de 2008

jueves, 14 de agosto de 2014

Tres críticas de 1995 a "Una mirada oblicua": Vázquez Montalbán, Santos Alonso y Ángel Basanta

Para lectores curiosos o interesados en conocer lo que se escribió, en el ámbito de la crítica, sobre Una mirada oblicua, rescato los textos de Manuel Vázquez Montalbán, publicado en El País, Santos Alonso, en Diario 16,Ángel Basanta, en ABC. 
                  
El 23-F y Max Frisch
Antiguos militantes antifranquistas en crisis de identidad protagonizan la nueva novela de Manuel Rico.

Por MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

La libertad estructural de esta novela lleva a pensar en cuánto hemos aprendido a leer y escribir para hacer posible la alquimia de la impresión final de unidad y verdad que exige cualquier propuesta literaria. La tercera persona, el relato directo de dos, hasta tres personajes, un diario como referente, sumados estos elementos sin una simetría preprogramada, sin embargo el ritmo de la escritura, que es el de la respiración del pensamiento del autor impone esa impresión final de unidad y verdad. Poeta, novelista y crítico, Manuel Rico consigue ser en Una mirada oblicua un novelista que apenas pasa el plumero de la imaginería poética y que autocontrola el mensaje ético sin esconder los trazos sociologistas de los personajes principales: los hoy acuarentados miembros de la última promoción de activistas antifranquistas, todavía marcados por "...los tiempos del oprobio". A pesar de esta ubicación sociologista y de que la trama arranca nada menos que la noche del 23-F, la novela no es un ajuste de cuentas de la transición, sino una morosa reflexión sobre la crisis de la identidad cuando lo histórico no ayuda a delimitarla. Por eso son tan emblemáticas las continuas referencias a las indeterminaciones del personaje de No soy Stiller, de Max Frisch, y a los desórdenes de la conciencia descritos por Pessoa en el Libro del desasosiego. De hecho, la noche del 23-F es el penúltimo dato externo ordenador de una posición ética, y a partir de esa noche y de lo que de privado ocurre en ella como desencadenante, los personajes se verán obligados a buscar su mismidad a través de un juego de interacciones guiadas por esa perversa tendencia a la indeterminación.

La posición moral del protagonista se parecería a la de esos personajes de Mercedes Soriano, miembro de casi la misma promoción bioliteraria de Rico, forzados a encerrarse con el yo como un solo juguete después de haber vivido arropados en el nosotros de la utopía emancipatoria. Esa utopía emancipatoria ya es pasado cuando Esteban Neira empieza a existir como héroe literario dotado de mirada oblicua y, por tanto, distorsionadora de su propia realidad y de la que comparte. Estamos en presencia de una novela según las claves del conocimiento intelectual de la vida a través de la novela, una tendencia literaria que coexistió con buena salud en los sesenta con los alardes tecnológicos derivados del nouveau román. Los personajes no disimulan su cultura de letraheridos (habría que asumir de una vez en castellano este catalanismo derivado de lletra-ferits), es decir, esas personas obsesionadas por la literatura hasta el punto de sufrirla como una herida de la que no desean sanar. Reordenan el conocimiento de sí mismos con la ayuda las más veces de Frisch, otras de Pessoa, dentro de un tiempo convencional no de ma¬duración, sino de aceptar la propia inmadurez. El cuarteto que protagoniza la novela hace coincidir su estrategia existencial con la propia estrategia narrativa del autor y de ahí que a pesar de todas las libertades que Rico se ha tomado sobre la cuestión del punto de vista, Una mirada oblicua propone la evidencia de que como lectores hemos sido seducidos por un punto de vista lógicamente oblicuo.

EL PAIS, 18 de noviembre de 1995

La duda bajo los pies
Rico describe la desorientación que desencadenó el golpe de Estado.

Por SANTOS ALONSO

Nadie parece discutir en nuestros días que el 23 de febrero de 1981 significó el final de la transición y el comienzo de la consolidación democrática. El túnel de aqueélla larga noche despejó cuando la sensatez política se impuso a la barbarie de las balas, cuyos impactos habían desvelado a la mayor parte del país. Desde ese momento, la gente pudo vivir sin sobresaltos, ya que la seguridad de la certeza, con" apellido de estabilidad política y social, era como una póliza vitalicia del futuro bienestar colectivo. Sin embargo, también esa noche cambió el rumbo y el destino individual: para unos representó el certificado legal que les autorizaba su profesionalismo político; para otros, luchadores en los tiempos difíciles, pero en todo momento apartados de los lugares de honor de los partidos, fue el punto de partida hacia la incertidumbre. La duda se removió bajo sus pies.

Qué ha sido de estos hombres y mujeres es la pregunta que se hace Una mirada oblicua, cuarta de las novelas publicadas por Manuel Rico (Madrid, 1952), a través de sus dos protagonistas. Este tratamiento existencial de los personajes desde una perspectiva política y social, en la que los sucesos históricos determinan su destino o interfieren en sus contradicciones personales y en sus relaciones sentimentales, es, salvo escasas excepciones, poco frecuente en la narrativa española de hoy. Tal vez nuestros novelistas, azuzados por el complejo de provincianismo y de falta de imaginación, del que han sido tildados reiteradamente, prefieren no mojarse y escapar por los espacios y atmósf¬ras más placenteros de la fabulación.

Manuel Rico no comparte este concepto neutro de la literatura. Por el contrario, afronta con intensidad la indagación en la incertidumbre y la confusión, narrando la peripecia desorientada de Esteban Neira desde la noche del golpe de Estado hasta hoy, un camino tortuoso y desencantado para quien, como el mismo personaje manifiesta, cargó en las espaldas la desolación ajena que se incrustó en su carne en los años del oprobio y no entiende el futuro sin las viejas experiencias que suelen esconderse con mala conciencia a los más jóvenes.

La tranquilidad política, después de la tormenta y el insomnio, despierta en Esteban el desasosiego, hasta el punto de conducirle a la ruptura con Andrea y a una consiguiente excitación interior que le desequilibrará su visión de la realidad y sus fundamentos emocionales. Andrea, por su parte, tampoco se librará de la duda y de la búsqueda de explicaciones coherentes a su lugar en el mundo. Ambos personajes representan, sin duda, a una colectividad más o menos amplia que ha vivido, personal y socialmente, el desconcierto de un cambio tal vez superficialmente analizado hasta ahora, es decir, el paso de la lucha clandestina a la democracia liberal, que se ha llevado consigo, como un viento, no pocas esperanzas y contradicciones.

Tampoco comparte Manuel Rico, por otra parte, el concepto de escritura fácil que, tan asentada hoy, favorece la comodidad del lector. Una mirada oblicua, de acuerdo con las perspectivas y los puntos de vista de los personajes, combina, siempre con la transparencia oportuna, diversas formas textuales y personas narrativas que van desarrollando no sólo los puntos de vista del relato sino también el pensamiento y la reflexión de los personajes. Y esto, cuando se hace con habilidad y destreza, siempre se agradece.

Publicada en Diario 16. Diciembre de 1995.
Una mirada oblicua 

Por ÁNGEL BASANTA
 
“Todo me ha cogido a contrapié. Supongo que en la vida de todo hombre hay un momento en que te das cuenta de que vas con el paso cambiado. De que no te apetece acompasarlo. Que tu momento se fue a la mierda.  Que llegaste a la estación cuando del tren tan sólo quedaba un resto de humo, un eco de hierros renqueantes en la lejanía» (pág. 101). Estas reflexiones anotadas, sin fecha, entre los fragmentos del diario del protagonista recogen con sinceridad el sentimiento de fracaso existencial que embarga la actitud de Esteban en Una mirada oblicua, cuarta novela de Manuel Rico (Madrid, 1952). Las citadas consideraciones de Esteban Neira se completan y a la vez se amplían con ayuda de otras expuestas por su mujer, cerca ya del final de la novela, cuando, después del reencuentro de ambos entre las ruinas de una antigua fábrica de cervezas, Andrea reconoce la derrota de sus proyectos vitales en palabras que igualmente ilustran el naufragio de toda una generación, la del autor: «Hemos crecido entre mitos y un buen día los mitos se van a la mierda y nos quedamos mirando al tendido con cara de imbéciles. Yo creo que eso es lo que nos ha ocurrido en estos años» (pág. 239).

Estos años coinciden con la década que va desde 1981 hasta 1991. Pues la historia novelada comienza la misma noche del fallido golpe de Estado el 23 de febrero, durante la cual Esteban y Andrea se refugian con un amigo en una casa de la sierra, Si aquella intentona militar contribuyó, con su fracaso, a la definitiva consolidación de la democracia en España, los acontecimientos históricos y políticos que siguieron marcaron profundamente el destino de muchos españoles, en especial de los que vivieron en su juventud la utopía del 68. Aquí están representados por los personajes del triángulo amoroso principal, en torno al que se desarrolla la trama: el arquitecto Neira, cuyos propósitos de conseguir una ciudad más humanizada en su remodelación urbanística acaban degenerando en la resignada restauración de ruinas en pueblos de la provincia; un sociólogo reciclado en la Universidad americana y dominado por el alcohol; y la psicóloga Andrea Santos, atraída sucesivamente por el reto de conseguir la curación de los dos hombres que se meten en su vida, sin lograr el equilibrio con ninguno. Al final todo se diluye en el incierto destino de Esteban y Andrea, de nuevo juntos y derrotados por la vida, y en el pragmatismo de Germán, liberado del alcohol por el éxito en sus negocios. La ciudad es Madrid, nunca nombrada pero reconocible en su geografía. En este espacio real desfigurado se hace hincapié en la relevancia simbólica del río, que separa los barrios de las afueras, donde la miseria contrasta con la riqueza del centro. Poco se ha cambiado en muchos aspectos, al menos según la perspectiva de los personajes centrales. Incluso a la altura de 1991, año en que se sitúa el presente narrativo desde el que Esteban escribe su cuaderno autobiográfico, con interpolación de fragmentos del diario escrito a lo largo de los 80. Uno y otro rezuman desencanto y aceptación del fracaso. Porque Esteban escribe para explicarse a sí mismo como náufrago a la deriva y en relación con quienes lo han acompañado en el viaje. Por eso su visión se retrotrae a los años del franquismo, a una juventud curtida en la rebeldía y en la esperanza, que, con el tiempo, han sucumbido en el presente entierro de sueños e ilusiones. Si antes se refugiaba en la lectura, ahora, en perfecta correspondencia, busca consuelo en la escritura, con la explícita compañía de una novela de Max Frisch, No soy Stiller, como referente literario de la impostura, y del Libro del desasosiego, de Pessoa, como muestra de su actual desorientación. Aun siendo el dominante, el punto de vista de Esteban no es el único. En varios capítulos, ordenados de cuatro en cuatro, se incluyen las anotaciones del diario de Andrea, que sirven de complemento al cuaderno de Esteban. Y las dos perspectivas quedan enmarcadas por la intervención de un narrador externo que cuenta, en tercera persona, el capítulo primero y los tres últimos, dos de éstos con la colaboración de Esteban y de Andrea. Esta diversidad de voces y de visiones en la articulación narrativa permite abordar las peripecias Individuales desde ángulos diferentes y entroncarlas con un alcance generacional sin forzar la verdad de la historia.

ABC Cultural. Noviembre de 1995.

Una mirada oblicua / Manuel Rico / Primera edición, en Planeta / Barcelona, 1995 / Edición revisada y corregida, en versión digital.    

domingo, 27 de abril de 2014

"Los espejos y el tiempo", crítica publicada por Manuel Vázquez Montalbán en 1997 a "La densidad de los espejos"

Cumplidos ya los 30 años, de pronto, sucede la memoria. Se ha construido con nuestra ayuda y con la de los otros, y contribuyen a convocarla los espejos donde el llamado otro yo  se aleja de quien y como creemos ser. Manuel Rico se hace responsable de seis libros de poemas y como novelista ha forcejeado con las estrategias narrativas dominantes en un doble empeño de reivindicación de la memoria crítica y de perplejidad ante los laberintos de la conducta. Su poesía y su novela se comunican, como ocurre en todo escritor que en el laboratorio de las palabras encuentra las piezas del mundo como revelación y no simplemente eufonías o polisemias caprichosas. El escritor-personaje se desvela a sí mismo al desvelar la otredad, escriba poesía o escriba novela.

 La densidad de los espejos fue premio Juan Ramón Jiménez, uno de los más serios premios de poesía de España y aparece publicado en la colección dirigida por otro poeta, Juan Cobos Wilkins. Premiar este libro representó en su día una ratificación de la poesía desadjetivada en tiempos en que la poesía española pasa por una de sus etapas más ricas e interesantes, pero también más tontas. Entretenida en antologías convertidas en razzias de ausencias, militantes en causas tribales poscómicas, la poesía de vez en cuando tiene que autoconcederse treguas y premiar a un poeta verdadero. Es el caso. Poeta de la memoria más que de la experiencia, aunque toda experiencia pase por el trámite de la estilización subjetiva antes de ser memoria. Rico construye una verdadera narración poética a partir del espejo como interlocutor traidor. "Es la luz enquistada que nos habla de otros" y entre ellos está el uno mismo, esa mismidad que como en los boleros se busca toda una vida y no se encuentra. El espejo como luz.de terror que conduce al conocimiento de! sí mismo para la muerte, aunque el poeta renuncie a la morbosidad de esa evidencia y reclame del espejo la noción neoplatónica de las dos caras, la una vuelta hacia la representación del paso del tiempo, de la vejez, de la muerte, y la otra hacia la inteligencia, la introspección, la situación entre los otros, la historia.

No hay memoria personal sin subjetividad, pero no hay memoria personal orientada si no asume la Historia, incluso sin entusiasmo, porque tal vez pasaron los tiempos en que se asumía la Historia con entusiasmo. La Historia..., "... esa región terrible que extendieron los siglos / el fuego del origen, la huella o el estigma en que reconocernos / Lefevbre, Pirenne, Hobsbawn y tantos otros / arañaron los muros que habían erigido / los propietarios de la muerte", la Historia tal vez aporte como mejor herencia la pulsión de buscar lo imposible para conseguir lo posible. El poeta, que ha comenzado su viaje ante el espejo traidor contándose su historia y que ha abordado la relación entre historia personal e Historia, llega a la asunción de su conciencia, es decir, de su consciencia construida como las esculturas y los poemas vaciando volúmenes, masas verbales, creencias..., "... gestos y palabras que hoy sientes inquilinas". El poeta-personaje que una noche de 1969 abandonó disidente el salón donde su padre contemplaba fascinado la llegada yanqui a la luna termina su relato casi refugiado en una casa de campo que fue el sueño de su padre..., "... custodiando los restos / de un universo roto por otras exigencias".

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

 Publicada el 1 de noviembre de 1997 en El País.

La densidad de los espejos / MANUEL RICO / Nueva edición, revisada y ampliada, a los 20 años de la concesión del Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez. El Sastre de Apollinaire. Madrid, 2017-